16 de mayo 2005 - 00:00

El pesimismo iguala a dos buenos artistas

Los trompos de la videoinstalación en «A morir», del artista catamarqueño radicado en elexterior Miguel Angel Ríos.
Los trompos de la videoinstalación en «A morir», del artista catamarqueño radicado en el exterior Miguel Angel Ríos.
A veces, el arte es más elocuente que las palabras. Este es el caso de la video instalación «A morir», del catamarqueño Miguel Angel Ríos (1943), que la galería Ruth Benzacar exhibe en estos días, junto a una serie de fotografías y dibujos que reflejan el paso a paso de la obra. abre dramáticos interrogantes sobre el sentido de la existencia y el futuro de la humanidad, empeñada en una violencia autodestructiva.

Filmado en 2003, «A morir», no está a la venta. Luego de su presentación en Nueva York y diversas ciudades del mundo, las siete copias que realizó el artista fueron compradas por museos y coleccionistas de EE.UU., Suiza, España e Italia. El video da vueltas alrededor de una misma imagen: varias decenas de trompos de diversos tamaños, que giran vertiginosamente sobre sí mismos, en un territorio que se presume urbano y está demarcado por líneas blancas.

Durante los casi cinco minutos que dura la proyección simultánea desde tres perspectivas distintas, los trompos se golpean entre sí, vuelan, despedidos por la fuerza del choque, o culminan sus giros erráticos una vez agotada su energía. Las formas casi abstractas de los conos sin hilos, todos de color negro, el estrépito del golpeteo y el zumbido de sus giros enloquecidos hasta «morir», sumados a la aparición de escobillas que «limpian» el terreno, evocan de inmediato un campo de batalla.

Así, la sensación de violencia desenfrenada y brutal que transmite la obra, con la simple dinámica de un juego infantil llevado al paroxismo del movimiento, determina la multiplicidad de interpretaciones que la ronda de los trompos suscita en el espectador, desde políticas y sociales hasta filosóficas.

En «Return», un video de 2004, los trompos son una clara metáfora de la existencia: despiertan, danzan y retornan al sueño. Como en la serie de videos cortos que se proyectan en una pantalla de TV, donde los trompos dibujan infinitas líneas, tan enruladas como la trayectoria de sus giros.

En suma, se trata de una muestra que genera ansiedad, porque de un modo abierto aunque a la vez ambiguo, abre dramáticos interrogantes sobre el sentido de la existencia y el futuro de la humanidad, empeñada en una violencia autodestructiva.

Un tema similar encara el joven
Matías Duville en la galería Alberto Sendrós. Su exhibición de dibujos con lápices de cera, «Travelling», configura otro despliegue de poderosa energía, que coincide con los trazos firmes del artista inspirados por la urgencia. Uno a uno, los dibujos van conformando el relato de los sufrimientos que el progreso provoca a la tierra. En algunos de estos trabajos, la naturaleza ofrece resistencia, como el tornado que se lleva una serie de autos de colores o, la isla verde, que mantiene su esplendor en medio de un terreno devastado. Mientras en otros trabajos, la naturaleza se reduce a una maqueta, un adorno colocado sobre una repisa o, yace, entregada al destino de la devastación, como los bosques secos, cruzados por canaletas donde se deslizan los troncos y cuyo diseño se asemeja al de una montaña rusa.

En un sentido conceptual, el mejor trabajo es el dibujo en escorzo de un árbol sin hojas, rodeado por dos aviones de colores que a simple vista se podrían confundir con pájaros. Y justamente, esta confusión, es la que frena el placer visual que provoca la forma, la belleza de los trazos de
Duville, y oficia de despertador, induce a reflexionar sobre el contenido de la muestra, la ferocidad de la agresión.

Con sus propios estilos y diversas técnicas, que van desde la alta tecnología de
Ríos al primitivo y franco dibujo de Duville, dos artistas expresan su desesperación por el rumbo en que está embarcada la humanidad. La coincidencia no es casual.

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