3 de agosto 2000 - 00:00

"EL TIEMPO RECOBRADO"

N i Luchino Visconti, aristócrata de origen y de alma, ni Joseph Losey, pudieron llevar las abundantes páginas de Marcel Proust al cine. Eran los di-rectores ideales, pero era un trabajo sobrehumano. Volker Schlondorff, ayudado nada menos que por Peter Brook y Jean-Claude Carrière, intentó algo en «El gran amor de Swann», que los conocedores más exigentes juzgaron medio fallido. Atento a ello, y fiel a su propio estilo antojadizo y creativo, Raoul Ruiz, el cineasta chileno radicado hace más de dos décadas en Francia, se jugó de otro modo.Por empezar, su versión sólo se ocupa del sexto y último libro de la inmensa saga novelística
«En busca del tiempo perdido», llamado justamente «El tiempo recobrado». Están las circunstancias principales, con toda esa pintura del estirado ambiente que el escritor conoció, y que fue muriendo tras la Primera Guerra: reuniones sociales con señoras de ajada belleza, reglas de etiqueta, viejos resentimientos, reencuentros ante una mesa bien servida, una casa non sancta, paseos nostalgiosos, despedidas mortuorias, esfuerzos del recuerdo... Pero en vez de ofrecer una mera síntesis ilustrada del libro, el cineasta intentó provocar sensaciones similares, o de intensidad similar, a las que pudiera tener el lector del libro original. En eso podía estar su éxito.
Vemos entonces, por ejemplo, mezclas de realismo y fantasía, o saltos narrativos, sin mayores explicaciones, como salta a veces un recuerdo, y vemos también cómo se mezcla el escritor con sus propios personajes. Ocasionalmente uno de ellos puede aparecer con su propio doble, o con alguien parecido, o puede verse desde dos ángulos, como quien cierra un ojo y luego otro, mientras las estatuas parecen espiarlo. O los motivos del empapelado parecen separarse de la pared de un cuarto a veces abigarrado, a veces vacío. Etcétera, etcétera. En la escena de un concierto, advertimos que no es la cámara lo que se mueve, sino las hileras de los personajes que lo escuchan. Etcétera, etcétera.
Ante ésas y otras invenciones, algunos espectadores se sentirán admirados, y otros más bien fastidiados. Un consejo: no trate de entender. Déjese llevar. El sentido musical del relato, la propia música de Jorge Arriagada, sugestiva, envolvente, la cuidadísima fotografía de Ricardo Aronovich, algunas escenas ejemplares, como la del intervalo del referido concierto (ejemplar en todo sentido, y en cada detalle: adaptación, ambientación, elenco, movimientos de cámara, sonidos, sentido, y espíritu del relato) hacen que el espectador atento se fije en su butaca y después salga derecho a una librería.

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