3 de julio 2000 - 00:00
"EL VERANO DE KIKUJIRO"
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El viaje se vuelve un poco largo y difícil. Un hombre trata de abusar sexualmente del niño protagónico, pero Kikujiro le da una paliza y le roba la billetera. Luego, una pareja de mimos los levantan en su camioneta y en un descanso en la ruta les muestran sus habilidades como estatuas vivientes. En la parada de un colectivo, que nunca viene, un hombre tiene problemas gastrointestinales: «¡Te tiraste un pedo!», le reclama Kikujiro. «Sí, era muy fuerte...» contesta su amigo.
Lástima que no todo es picardía en «El verano de Kikujiro». También, con el mismo estilo sutil, hay momentos agridulces vinculados al desencuentro con la madre de Masao, generalmente acompañados por una música tristona, tan poco sutil como la alegre y pegadiza melodía que funciona como leit motiv del film.
Dándole un timing más conciso, y eliminando dos o tres momentos formales «avant garde» propios de la obra general de su director y coprotagonista, Takeshi «Beat» Kitano, «El verano de Kikujiro» sería un equivalente japonés perfecto de «Mi papá es un ídolo» y tanta comedia melodramática con niño y adulto, género que ha dado gemas como «Luna de papel», pero también momentos insufribles de humor y melodrama meloso, ese tipo de momentos que la crítica seria suele odiar al extremo, salvo que provengan de un film de un cineasta tan prestigioso como Kitano. Por eso casi no llama la atención que pese a lo elemental de las situaciones que propone su último film, Kitano haya cosechado una nominación a la Palma de Oro en Cannes y un par de premios menos importantes en Valladolid.
Si hacía falta algo más para demostrar la sobrevaloración que ha tenido la obra de Takeshi Kitano, «El verano de Kikujiro» termina por poner en evidencia que no todo film que viene del Lejano Oriente -previo paso por algún festival europeo-es Kurosawa.
En sus mejores escenas, la película de Kitano arranca sonrisas gracias a la chispa genuina entre el niño Yusuke Kisiguchi y el cineasta e intérprete, más algunos hallazgos de montaje no ortodoxo del realizador, que sin embargo se mostró mucho más autoindulgente con un ritmo desparejo y un largo epílogo que no le agrega casi nada a la película, excepto unos 25 minutos que podrían haberse evitado sin mayores inconvenientes.


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