19 de abril 2005 - 00:00

El viejo oficio según Shaw

Eleonora Wexler y Claudia Lapacó.
Eleonora Wexler y Claudia Lapacó.
«La profesión de la señora Warren» de G. B. Shaw. Dir.: S. Renán. Int.: C. Lapacó, E. Wexler, A. Barbero, J. M. Tenuta, J. C. Puppo y C. Tolcachir. Esc.: H. Calmet, Ilum.: O. Possemato. Vest.: R. Schussheim. (Teatro Regio.)

Enemigo de la hipocresía, los convencionalismos y la estandarización de ideas, George Bernard Shaw hizo del teatro su tribuna preferida provocando no pocos escándalos con su espíritu mordaz e iconoclasta.

«La profesión de la señora Warren»
figura justamente entre sus títulos más incendiarios. Su estreno en 1905 -tras ocho años de continuas postergaciones- hasta llegó a provocar un incidente judicial. Shaw cometió la imprudencia de tocar uno de los temas más tabúes de su época, el sexo. Y por si esto fuera poco habló sin tapujos del negocio prostibulario y de las terribles circunstancias socio-económicas que llevaban a una mujer a comerciar con su cuerpo.

Cuando la señora Warren se vio obligada a confesarle a su hija Vivie que su fortuna provenía de la prostitución, alegó como justificativo los años de extrema pobreza y trabajo insalubre que vivió en su juventud. La chica aceptó sus razones, pero al enterarse más tarde de que su madre seguía aún en el negocio su repudio fue feroz.

El drama humano que viven las dos mujeres adquiere una particular ambigüedad en esta versión que dirigió Sergio Renán, donde todo lo que se dice y evoca termina resultando mucho más complejo, y difícil de juzgar, de lo que aparenta en un principio. Más allá del oficio de la señora Warren, el vínculo con su hija se ve afectado por las idealizaciones mutuas, las mentiras piadosas y la rigidez con que cada una defiende su visión del mundo.

Shaw
incluye, además, una variada paleta de personajes masculinos que aportan nuevos puntos de vista a este apasionado debate; si bien el autor también los responsabiliza (en distintos grados) de sostener un sistema social corrupto e inhumano que lucra con los indigentes y explota a la mujer.

• Versión

El ritmo de comedia brillante que Renán le imprimió a la obra permite que el humor fluya espontáneamente, aún en pleno drama, y que los personajes vayan mostrando sus diversas y contradictorias facetas con naturalidad.

La labor del elenco es impecable. Todos los intérpretes, sin excepción, contribuyen a hacer posible la famosa máxima de
Friedrich Hebbel: «en una buena obra de teatro todo el mundo tiene razón». Claudia Lapacó compone a una inolvidable Señora Warren: ridícula, avasallante, sentimentaloide y también digna de lástima. A su lado, Eleonora Wexler (Vivie) ofrece un inquietante contraste con su figura frágil, su controlada racionalidad y su temple a toda prueba. Verla quebrarse de dolor y de vergüenza depara uno de los momentos más exquisitos de esta puesta.

Correcto el vestuario de época, a cargo de
Renata Schusheim al igual que la escenografía de Héctor Calmet. Sólo cabría objetar los prolongados apagones que demandan los cambios de decorado. El dinamismo y la amenidad de esta obra ameritarían una simplificación de los requirimientos escenográficos, al menos para no interrumpir la acción más allá del obligado intervalo.

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