La enigmática instalación que protagoniza la muestra de
Elba Bairon, y que ratifica la calidad de las obras de la artista
en momentos en que la escultura como disciplina no
pasa por su mejor momento.
A fines del año pasado, Elba Bairon inauguró una muestra en la galería El Borde, que en medio del vértigo de las exhibiciones, celebraciones y actividades que se sucedían sin tregua, quedó como asignatura pendiente para muchos que aprecian su obra. Con buen criterio, la galerista Olga Martínez volvió a abrir la exposición y cursó nuevamente invitaciones.
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La inmensa sala blanca de El Borde, un antiguo taller metalúrgico de la calle Uriarte que abrió sus puertas como galería en 2003, es el espacio propicio para albergar la instalación de Bairon. Al ingresar se divisan dos figuras sobre una plataforma blanca: dos voluminosos bebés también blancos que superan la escala humana. La escena, observada desde cierta distancia, casi parece idílica. Los bebés, deliciosamente modelados en pasta de papel, se vislumbran sentados sobre una manta y rodeados por sus juguetes dispersos. Al acercarse, la obra se torna más y más enigmática. Para comenzar, salvo un inocente chanchito, los juguetes parecen haber estallado; no son los clásicos cubos que se adivinaban de lejos sino un montón de fragmentos informes. Luego, se descubre que uno de los bebés tiene los rasgos marcados en su rostro regordete y el pelo pintado de negro, mientras las facciones del otro aparecen borrosas e indefinidas.
Si el lenguaje artístico permite mostrar aspectos del mundo circundante que suelen permanecer ocultos, esta instalación lo demuestra. De modo muy ambiguo, pero con un poderoso lenguaje visual, Bairon se asoma al trasfondo siniestro de la vida, exhibe lo que permanece escondido bajo la dulce apariencia de una escena presuntamente feliz.
La instalación se completa con una repisa donde se exhiben dos formas abstractas pero sugerentes, el molde de yeso de una careta con forma de conejo, un gran cuenco que contiene dos máscaras y un pájaro con los ojos vendados. Objetos que reiteran y acrecientan las incógnitas que plantea la muestra. ¿Es la intención de la artista hablar sobre la condición humana a través de la presencia equivalente del hombre y el animal? ¿Será que a través del silencioso blanco, y a pesar de las diferencias que establecen las formas, eleva una crítica a la uniformidad del mundo?Es posible, pero las obras suscitan más dudas que certezas, más sensaciones que reflexiones. No hay mensajes ocultos ni códigos para descubrir. Las silenciosas y cremosas figuras blancas, se perciben como productos de la imaginación, antes que como la ilustración de un discurso. Si bien la escala cromática se alegra con los matices rosados y amarillos del cuenco de juguetes, el color no alcanza a disolver el clima denso y perturbador que genera la composición.
Hace unos años, en la galería Luisa Pedrouzo, Bairon había presentado una sorprendente escultura tirada en el piso. La figura yacente recordaba a Blanca Nieves y ya anunciaba el misterio que, acentuado, se percibe en la obra actual. Ahora, la artista parece decidida a enfrentar esos fantasmas.
En la trastienda se exhibe una decena de dibujos que son el indefectible punto de partida de las esculturas. A los 59 años y con su bajo perfil, Bairon, que nació en La Paz, vivió en Montevideo y está radicada desde 1966 en Buenos Aires, es una de las figuras más intensas del grupo que surgió del Centro Cultural Rojas en la década del '90. Su obra tiene connotaciones subjetivas e intimistas que la acercan a artistas como Gumier Maier, Avello, Burgos, Centurión, Gordín, Harte, Kacero, Laguna, Pombo, Schiliro, Schiavi, entre otros. Pero la estética decorativa y el espíritu juguetón de las formas que brotaban por las paredes en esa década, hoy ha desaparecido. Lo que perdura es el estilo, la marca en el orillo que llevan las piezas que pasaron por sus manos y que las tornan reconocibles de inmediato. Como disciplina del arte, la escultura no está en su mejor momento, pero esta muestra -que no tiene título, al igual que las obras-, escapa a lo previsible y además de estilo tiene calidad, dimensiones generosas y características apropiadas para ingresar en un buen museo.
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