(07/08/2001) Discípulo de Clorindo Testa y como él, artista plástico y arquitecto, Juan Fontana (1955) inaugurará una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, el próximo miércoles 15 de agosto, a las 19. Fontana, que realizó numerosas muestras en el país, expuso sus obras el año pasado, en el Instituto Universitario de Venecia.
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En Bellas Artes presentará una instalación con sus últimos trabajos pertenecientes a la serie «La Torre de Babel». Ya los alquimistas adujeron la tesis de que todo hombre lleva en sí un laberinto que debe recorrer hasta alcanzar el hermético centro, tan difícil de hallar. La estructura de la Torre de Babel, con su serie decreciente de pisos, remite al trazado del «Purgatorio» o el «Infierno» en «La divina comedia» de Dante. El tema ha sido retomado en la literatura, pero también en las obras de muchos pintores, entre los que cabe recordar a Pieter Brueghel (1563).
Pero, además, Fontana entrelaza en su imaginario otras obras y otros relatos, como el texto bíblico, o la «Construcción de la muralla», de Franz Kafka. Más allá de las interpretaciones teológicas, el episodio de la Torre de Babel aparece como un disparador de la alteridad humana y una prevención contra el despotismo. O, si se quiere, como la incitación a que el hombre haga su historia en busca de la libertad. En este sentido, debe tenerse en cuenta que el episodio de la Torre de Babel sucede, en el libro del Génesis, a la creación del mundo y del hombre, y a la recreación de ambos (el Diluvio), después de la cual Yahvéh anuncia a Noé y a sus hijos: «Multiplicaos y llenad la Tierra».
La construcción de una torre que llegase hasta el cielo es evidencia, entonces, de un ánimo pose-sivo y una voluntad dominadora. Confundir el lenguaje y desperdigar a la humanidad en un solo acto: el hombre deberá, pues, reconocer y admitir al «otro», lo que significa abandonar todo intento de opresión y colonización. A la luz de lo ocurrido y lo que aún ocurre en nuestro siglo XX, el episodio de la Torre de Babel adquiere la simbología de un discurso contra la intolerancia racial y religiosa, contra la conquista armada de los pueblos, contra el odio y la injusticia humanos.
Pero en la obra de Fontana también alude a «La Biblioteca de Babel», de Jorge Luis Borges («El jardín de los senderos que se bifurcan», 1942). El laberinto es uno de los temas centrales en la obra del gran poeta y escritor, pero pocas veces lo abordó con tanta imaginación como en ese relato. En él define el espacio arquitectónico con un texto que también se vuelve laberíntico, añadiendo al anterior un espacio literario. Borges tomó la imagen de una biblioteca (inexistente, por cierto, pero a la que dio el sugestivo nombre bíblico de Babel), como alegoría del universo. El compendio de mitología griega atribuido a Apolodoro de Atenas (siglo II a. C.), que Borges cita en «La casa de Asterión», contiene la leyenda del Minotauro encerrado en el laberinto cretense que diseñara Dédalo.
Las imágenes de Fontana tienen formato cuadrado y en ellas predominan grises y blancos, que remiten al laberinto, como repetición infinita del hexágono, pero también aluden a la ciudad. Borges vivió la Buenos Aires eterna, ya por sus caminatas, ya por sus recuerdos. La ciudad, que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se expandió hacia el Oeste, fue una yuxtaposición de distritos, cada uno con su historia, sus tradiciones, sus usos y costumbres. Pero hacia la década del '70, Buenos Aires inicia una de sus transformaciones cíclicas que consiste, entre otras, en la pérdida de la individualidad de sus barrios, que pasa a ser reliquia de un tiempo ido. Borges acompañó esta desarticulación y tal vez por eso alguna vez sostuvo: «En sueños, no salgo nunca de Buenos Aires».
En la instalación de Fontana, la superposición de capas y signos configura una geometría que recuerda los imprecisos planos de la torre. Materiales reciclados, papel y madera policromados se entretejen en los objetos que intervienen en el espacio, configurando una escenografía urbana. Torres y signos nos transportan a ese momento en que lenguaje y torre eran uno solo. La sucesión de imágenes y objetos que componen la instalación recrea el pensamiento del hombre para construir un edificio que llegara al cielo.
El gran poeta y artista belga Henri Michaux sostuvo alguna vez que escribir y pintar eran, para él, modos de recorrerse y encontrarse. Fontana estudió en los talleres de Sabat, Páez y Noé, entre otros, y luego, tuvo «también la suerte de trabajar y estar al lado de Clorindo Testa. Pero uno no aprende de los maestros copiándolos, sino viéndolos pintar, observando cómo se introducen ellos en la profesión».
Entre otras distinciones, obtuvo el Primer Premio en el Concurso Internacional de Dibujos de Arquitectos (1995) y el Premio Vitruvio a la Generación Emergente (1999), en el Museo Nacional de Bellas Artes. «El que accede a la obra de Juan Fontana -ha dicho Luis Felipe Noé- tiene la experiencia de ir adentrándose en su lógica constructiva y por ello va sabiendo por medio del contagio cómo él va dando los pasos para ir de un dibujo a un plano, a una maqueta o a un cuadro dentro de una sólida coherencia dada por la voluntad de desentrañar un tema pretexto.»
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