Este nuevo trabajo de Marcelo Peralta -un titiritero que comenzó su oficio en Francia a fines de los '70 y que sigue llevando su arte a distintos festivales del mundoestá dirigido al público joven y adulto. Al igual que en el bunraku japonés (el teatro de títeres más refinado del mundo) los conflictos que plantea este espectáculo son completamente ajenos al universo infantil, ya que introducen temas tan complejos como la muerte y el amor desdichado.
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La acción se desarrolla a través de un lenguaje poético, carente de palabras, pero muy elocuente en imágenes y siempre rodeado de un clima fuertemente onírico. Peralta creó una historia llena de claroscuros que impregna al espectador de una embriagadora melancolía. Su obra habla del amor ligado al sufrimiento o atado a otro tipo de necesidades que nada tienen que ver con él. La exquisita factura técnica del espectáculo y la perfecta sincronización de movimientos que logran Sergio Ponce y Javier Cancino, contribuyen a que las acciones tengan la misma energía y animación que las de la vida real.
Resulta casi increíble que esos muñecos de rostro tan rígido se transformen por milagro de la luz y de las maniobras de los titiriteros en temblorosas criaturas humanas. Entre las curiosidades que presenta este equipo creativo es la de prestarles a estos títeres sus propias manos dejando que éstas asomen a los costados de esos pequeños cuerpos, otorgándole mayor dramatismo a su gestualidad. Incluso, uno de los titiriteros se sirve de su puño para construir la cara del personaje más grotesco de esta historia.
Vestidos con túnicas negras y capucha (las mismas que utilizan en el bunraku los asistentes del manipulador principal) este magnífico dúo de titiriteros adhiere a la convención de ser simbólicamente invisible. En medio del silencio o con el fondo musical de Vangelis y René Aubrey, la acción de los artistas despliega una fascinación hipnótica pocas veces vista en un espectáculo de este rubro.
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