Harvey Keitel y Reynaldo Miravalles se destacan en «El misterio Galíndez», film que ficcionaliza un caso real con buen suspenso, sugestivos apuntes sobre el paranoico manejo del poder y atractiva reconstrucción de época.
«El misterio Galíndez» (España, 2002, habl. en inglés y español). Dir.: G. Herrero. Guión: L. Marías, R. Azcona, A. González-Sinde, sobre texto de M. Vázquez Montalbán. Int.: S. Burrows, H. Keitel, R. Miravalles, E. Almirante y elenco.
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El hecho es verídico, y ya ha motivado unos libros de investigación histórica, una novela, esta película ficcional basada en la novela, y un documental surgido a partir de la película.
Según se cuenta, el refugiado Jesús Galíndez Suárez, miembro del Partido Nacionalista Vasco en el exilio, trabajó un tiempo en el gobierno del general dominicano Leónidas Trujillo, emigró luego a EE.UU., donde ejerció en la Universidad de Columbia, representó a su país, y escribió un libro de denuncia contra el dictador caribeño. Quien dejó pasar algunas infidencias, pero se ofendió por otras (por ejemplo, que no era el padre de su hijo), y tanto se ofendió, que lo mandó secuestrar. Así, Galíndez desapareció en pleno Nueva York, en pleno día, con rumbo a Santo Domingo. Lo que nunca apareció hasta ahora, es su cuerpo.
Ese es el misterio, al que se suman otros: el comportamiento de vascos, franquistas, y miembros del FBI, la propia pertenencia de Galíndez al FBI, y el secreto que este organismo guarda respecto a ciertas páginas de su expediente, que todavía permanecen fuera del alcance público (como se sabe, en los países democráticos serios todo el papelerío oficial se desclasifica periódicamente y pasa a los repositorios públicos, para ser fácilmente consultado por historiadores, periodistas, y curiosos en general).
Acaso tales páginas todavía comprometan a cierta gente. Así lo sospechó el novelista Manuel Vázquez Montalbán, imaginando una típica historiadora norteamericana que a riesgo de su vida procura investigar la verdad del caso, inquietando a los viejos trujillistas, a los servicios americanos, a sus mentores universitarios, y al novio que ya está medio harto con sus viajes y sus enojos de flaca testaruda.
De ese modo la acción alterna entre 1956, cuando vemos lo que probablemente haya ocurrido, y 1988, cuando la desclasificación del citado expediente reflotó el asunto hasta en el ámbito académico. La mujer, impoluta o inexperta, parece admirar al personaje, de quien sólo conoce un aspecto, y quiere tomarlo como ejemplo para una tesis sobre la ética de la resistencia. Pero será ella, finalmente, quien deba resistir.
En pantalla, aunque lo de la chica roza lo inverosímil, todo eso le permite al productor y director Gerardo Herrero («Territorio Comanche») lucir un atendible suspenso, sugestivas observaciones sobre el paranoico manejo del poder, una atractiva reconstrucción de época, y una buena conjunción de actores, sobre todo Harvey Keitel y los cubanos en rol de dominicanos (los une el acento de Santiago de Cuba), en especial Enrique Almirante haciendo de Trujillo un asesino carismático, y el exiliado Reynaldo Miravalles haciendo de su Angelito un alcahuete del FBI decididamente encantador. La humanidad que estos artistas les ponen a sus personajes de malos compensa cualquier esquematismo que haya en el resto de la película.
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