10 de agosto 2000 - 00:00

"FUERA DEL MUNDO"

P rácticamente desconocido en la Argentina, el director Giuseppe Piccioni es uno de esos autores supuestamente menores, pero valiosos, dedicados a contar historias cotidianas de verdadera sustancia humana. Se trata de eso, simplemente historias, que permiten apreciar lo que es la vida, y especialmente el amor. Sobre esto último, son bien ilustrativos los títulos de algunos films suyos que podrían traducirse como «Pide la luna», «Condenado al casamiento», o «Las palabras del corazón». La obra que ahora vemos, parte de un concepto: ¿qué hay detrás del uniforme de una empleada, o del traje de un empresario? Para el autor, la vestimenta es una forma de disimularse, de esconder el carácter verdadero detrás del rol que su ropa representa. Entonces imagina, entre otros personajes, una linda monjita a cargo de un bebé abandonado; el dueño de un pequeño lavadero, hombre cuarentón e indeciso, y una adolescente malhumorada, que quizá -los caminos del Señor son inescrutables- reoriente su vida con un joven policía.
Se arma de este modo un simpático relato sobre vocaciones, frustraciones y ocasiones que llegan a destiempo. Al principio, puede parecer una película de propaganda religiosa, con chicas a punto de tomar el noviciado, llenas de ilusión. Hay un momento muy hermoso, quizá también muy edulcorado, el de la ceremonia de consagración, que confirmaría para muchos esa idea, y algunos creerán que sólo se trata de una propaganda religiosa. Pero la segunda mitad del film señala, precisamente, las complejidades y contradicciones del alma humana. Nada es tan fácil como se cree. De este modo, se correlacionan, por ejemplo, el conflicto de una chica con su padrastro, al que rechaza como padre, y el conflicto de la novicia con la madre. O la emotiva ceremonia de consagración, con la lectura inmediata de una carta que echa agua fría a la emoción. Hay frases clave: las observaciones iniciales sobre servicio al prójimo, o al consumidor, la ironía de una monjita al tener en sus manos, para una donación, el vestido que ella soñaba para sí misma en otros tiempos, o la generosa expresión de un padre primerizo, ridículo y feliz. Y hay planos clave, de diversos grupos, en variados uniformes, a veces mirando a cámara sin decir nada, que van llevando hacia la sugerencia final, tan inesperada como justa.
También hay momentos medio falsos. En uno de ellos, la monja se quita los hábitos. Pero no importa: esa escena lleva derecho a otra muy risueña, en una boda, y todo el mundo sale contento.

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