«Dracula. The Music And Film». EE.UU., 1931. Dir.: T. Browning. Int.: B. Lugosi, H. Chandler; D. Frye y otros. Mús.: Philip Glass Ensemble (P. Glass, D. Dryden, J. Gibson, R. Peck, M. Riesman, E. Sandresky, A. Sterman). Teatro Colón.
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La vida de cualquier vampiro se asemeja bastante a la música de Philip Glass. Pese a ser fría, monótona y poco imaginativa, no deja de tener un magnetismo extraño y una cierta capacidad de seducción, y por lo común está regida por la repetición de ciclos obsesivos que parecen condenados a la eternidad. Drácula y Glass son hombres de ideas fijas, con encarnizados Van Helsing propios, y comparten mucho más que la astucia, las vestimentas negras y el rechazo al vino: sus respectivas artes, pese a proceder de territorios extranjeros al cine, fueron rápidamente asimiladas por Hollywood, y este espectáculo que se acaba de presentar en el Tercer Festival Internacional de Buenos Aires es elocuente testimonio de tal comunión.
La idea de «Dracula. The Music And Film» surgió hace dos años como una operación de marketing de los estudios Universal, cuando sus ejecutivos se propusieron relanzar para el DVD sus clásicos de horror con una versión musical alternativa. Al pensar en un compositor, el nombre de Glass fue el primero que surgió. Le hicieron la oferta y le dieron a elegir entre sus tres títulos más famosos: «Drácula», «Frankenstein» y «La momia». No lo dudó demasiado, tampoco en decidir cuál sería la película.
Desde la edición del DVD, Glass ha ido recorriendo el mundo con Bela Lugosi a cuestas para la presentación en vivo del show. A diferencia de la mayor parte de sus versiones en el exterior, la que se hizo el sábado en Buenos Aires no fue interpretada por el Kronos Quartett (destinatario original de la partitura y el que grabó el disco), sino por el propio Ensemble del compositor.
El espectáculo, en especial por el marco forzosamente serio que le da un ámbito como el del Teatro Colón, tuvo un tono adicional de divertida extravagancia. Además, para muchos espectadores que nunca habían visto el clásico de Tod Browning en pantalla grande y proyectado como se debe, la noche fue una auténtica revelación (que, idealmente, debería llamar a la reflexión sobre la necesidad que existe de reponer los clásicos del cine en el formato como fueron concebidos).
La vidriosa partitura de Glass, cuyas habituales reiteraciones flirtean en este caso con un romanticismo inofensivo y galante, acompañaron las imágenes de Browning como un fondo agradable, pero tan aleatorio a la película como el mismo fluir de sus arpegios: si, en lugar de «Drácula», se hubiera proyectado «Frankenstein», «El ángel azul» o un documental sobre campesinos tiroleses, daba igual.
Por momentos, el experimento recordaba una de las más típicas atracciones de los parques Universal, cuando se muestra a los turistas cómo se musicalizan las películas, sólo que, en este caso, al tratarse de un film sonoro y dialogado, la música siempre está al borde de convertirse en convidada de piedra, más allá de su suavidad y encanto. Glass declaró, antes de emprender este trabajo, que a «Drácula» le hacía falta un comentario musical, y que los dos únicos fragmentos sonoros que contenía originalmente («El lago de los cisnes» para los títulos y «Los maestros cantores de Nuremberg» para la escena de la ópera) no habían sido decididos por Browning. Pero el que compuso, y tal como ocurrió con aquel aquelarre de rock que reunió Giorgio Moroder para «Metropolis» de Fritz Lang en los '80, lleva en sí el mismo destino de experimento efímero. Con seguridad, cuando la Universal tenga que sacar a Drácula de su sarcófago para la próxima generación de DVD, habrá de pensar en algún otro compositor.
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