"Hablar claro de la vida privada ilumina la social"

Espectáculos

No es común todavía -y menos entre nosotros- que alguien exponga ciertos aspectos de su propia familia a través de un documental. El cineasta Andrés Di Tella ya hizo dos: «La televisión y yo», donde evoca la fábrica de su abuelo, y el que acaba de estrenar, «Fotografías», acerca de su madre hindú, la primera esposa del controvertido ex Secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella. A la luz de la película, padre e hijo se reunieron, y dialogamos con ellos.

Torcuato Di Tella: Me parece bien que Andrés busque sus raíces familiares. Muchos de nosotros descubrimos lo argentino recién en el exterior. En mi casa paterna solo teníamos parientes y negocios con la parte más o menos blanca de América Latina, y un racismo inconsciente con el resto. Decíamos 'pobre gente, son indios'. De estudiante, seguía el modelo europeo, pensaba que el peronismo era una cosa horrorosa, me reía del peruano Haya de la Torre, que decía que había que devolverles todo a los indios. Después lo conocí personalmente, era un hombre admirable.

Andrés Di Tella: Yo recién vuelvo de Leuvecó, donde está el mausoleo del cacique Mariano Rosas. Estoy haciendo algo sobre los ranqueles para la televisión. Allá nadie se quiere reconocer indio, ni siquiera el padre del actual lonco (cacique).

T.D.T.: Tamara, digo Kamala, mi primera esposa, había descubierto la India viviendo en el exterior (como Ghandi, que la descubrió cuando era abogado de saco y corbata en Sudáfrica), y estaba interesada en recuperar lo hindú de su vida, los santones.

Periodista: ¿Cuándo viajó usted?

T.D.T.: A los 25 años. Fue un escape inconsciente de la Argentina, de los italianos, y de la empresa familiar. Fue una gran aventura, donde llegué incluso a enamorarme de una chica hindú, y nos casamos. Hasta que un día pensé «me dejo de joder, voy a terminar mis estudios, aunque sea en Inglaterra».

P.: ¿No le interesaba hacerse cargo de la empresa de su padre?

T.D.T.: No quería meterme en una cosa tan complicada. Yo tenía ocho años cuando mi padre empezó a llevarnos los sábados a la fábrica, para que nos fuéramos relacionando con las máquinas. Había algunos obreros haciendo horas extras, algunos capataces que se ponían a hablar con mi padre; yo sentía que nos miraban como cosa rara.

P.: ¿Mantiene algo de la tradición familiar?

T.D.T.: Los Di Tella eran nobles sin plata. Vinieron acá, se fundieron, hubo que repatriarlos, volvieron, se fundieron varias veces. Había una tía, historiadora de la familia, que no tuvo hijos. Ella nos contaba que a los 14 años mi padre ya mantenía a la familia. Exageraba, porque a los 14 él recién había entrado a una juguetería, pero la mantuvo a partir de los 19, cuando se hizo despachante de aduana. Al respecto, prefiero no enterarme de dónde sacaba para mantenerla. Lo que era cierto es que se iba caminando 20 cuadras al trabajo para no gastar cinco centavos en el tranvía. «Vos tenés que ser como tu padre», nos decían, pero era difícil, porque desde chicos andábamos en un cadillac con chofer (que era como otro tío más de la familia). Yo entonces tenía que empezar de abajo desde otro lado, pero nunca fue enteramente de abajo. Quizá por eso me fui a la India.

P.: Su padre ya había muerto.

T.D.T.: Yo tenía 18 años. El fue un prototipo del Severo Arcangelo que pinta Leopoldo Marechal. Más adelante se hizo cargo mi hermano Guido. De entonces son la heladera, el televisor, y el auto Siam Di Tella 1500 que mucha gente todavía recuerda. En 1971, debido a diversos problemas, el Estado tomó el control, convirtió los créditos en acciones, y mucho después lo fue desguazando. Una parte se vendió a Techint. Algunos galpones todavía quedan.

P.: Mientras, usted fue haciendo su carrera en el Instituto Di Tella (fundado en 1958) y la Universidad de Buenos Aires, hasta que debió emigrar a Inglaterra y los EE.UU.

T.D.T.: Pasamos bastante en el exterior, siete años, no muchos. Andrés se perdió de ver la televisión argentina.

A.D.T.: Me perdí a Pepe Biondi.

P.: Y descubrió que para los ingleses era un hindú de apellido italiano que decía ser argentino. En «Fotografías» menciona esa perplejidad, revelada a través de un insulto.

A.D.T.: Sí, «wog». El significado de la palabra «wog» lo encontré hace poco. Es la sigla Western Oriental Gentleman con que los ingleses calificaban a los hindúes y pakistaníes más «potables», más occidentalizados, un término supuestamente positivo, pero que generalmente empleaban en tono despectivo.

P.: Como ciertas aplicaciones de «cholo» en el norte.

T.D.T.: Andrés piensa que en la Argentina también lo discriminaban por negro en la secundaria. Alguna chica puede haber sido.

A.D.T.: El se ríe, pero cuando vivíamos en Londres yo iba a ver fútbol, y en primera división había un solo jugador negro. Cada vez que salía a la cancha los fanáticos ululaban y le tiraban bananas, y eso era algo considerado simpático. Hoy se lo vería como un insulto racista. Un referí podría suspender el partido, al club le quitarían puntos.

P.: ¿De qué club era hincha en Londres?

A.D.T.: Del Arsenal, que entonces era muy chico, nunca ganaba un campeonato. Cuando volvimos, coherentemente papá me llevó a ver al Arsenal de Sarandí. El no sabía nada de fútbol, pero aprovechó para hacer turismo sociológico. Recuerdo que de pronto, en el entretiempo, se puso a charlar con el arquero.

P.: Vayamos a los documentales. No es común la franqueza con que ustedes se hablan ante las cámaras.

A.D.T.:
Reconozco la generosidad de mi padre al prestarse para esta película, y es muy bueno el diálogo que estamos teniendo en estos últimos tiempos. Igual, ciertas cosas todavía no me las ha contado. Y otras, hubo que sonsacarlas, pero no porque él se negara, sino porque a mí me cuesta preguntarle. Es muy abierto, pero igual lo respeto. En la película hay, por ejemplo, una imagen de mi madre con otro hombre cuando ya se estaba divorciando de papá, que encontré y no sabía si mostrársela. El simplemente me dijo «Era su vida». No pregunté más. Ahí la puse.

P.: Su madre también parece haber sido excepcional.

A.D.T.: Mi madre nació en un pueblito del interior de la India, se hizo socialista, vivió el Swinging London, integró el Departamento de Psiquiatría del Hospital de Lanús, se volvió una autoridad en niños autistas. Su vida tiene muchas vueltas, y también tiene zonas oscuras que no conocemos. Me interesa además que el espectador pueda llenar ciertos espacios con sus propios recuerdos, hablar con sus padres. Creo que hablar de la vida privada es una forma de arrojar una luz diferente sobre la vida social. Y una obligación del documental, es iluminar la vida con distintas luces. Antes, las memorias las escribían los viejos. Yo ya le estoy insistiendo a mi padre, para que empiece a escribir las suyas. Pero quizás haya un cambio cultural del que estoy participando sin saberlo, porque veo una generación autobiográfica más joven.

P.: ¿Algo así como «esto se basa en mi vida, pero lo que más me interesa es crear un instrumento óptico para que el lector vea reflejado algo de la suya»? Frase ideal para enfrentar a quienes solo describen su propio ombligo.

A.D.T.: Volviendo a un tema anterior: hay descendientes de inmigrantes que no saben en qué lengua hablaban sus abuelos. Queman las pistas. Es un fenómeno bastante típico, que los padres no transmitan su cultura. Tus padres no te hablaban en italiano.

T.D.T.: No solo eso. Hacia 1943, gobierno militar, en la escuela nos dieron un papel a cada chico. Debíamos escribir los datos familiares. ¿Nacionalidad del padre? Puse italiano, y se enojó, porque era nacionalizado argentino. Ni el acento mantenía. Mi madre vino a los 15, su entonación era claramente italiana, pero nunca los oí hablar entre sí en su idioma.

P.: Para los argentinos, Torcuato padre es un modelo de inmigrante, y de empresario industrial.

T.D.T.: Escribí una biografía de mi padre, no hagiográfica, pero supongo que cariñosa. Mi viejo era realmente ingeniero. Había abandonado la carrera, y cuando mi hermano Guido y yo nacimos decidió terminar, aunque ya era grande, para después poder decir a sus hijos «yo terminé la universidad, vos también tenés que hacer lo mismo».

P.: Poco antes, dijo Tamara en vez de Kamala. ¿Sólo elige mujeres con la letra a?

T.D.T.: Cuando conocí a Kamala, se presentó, y entendí Tamara, un nombre que me gustaba, porque sonaba medio oriental, medio ruso. Pero era Kamala. Mucho después se me presentó Tamara, y me dije «éste es el nombre con que yo fantaseaba cuando joven». El apellido es otra cosa, pero bueno, nadie es perfecto. Como ve, me he casado con una hindú, dos judías, una ucraniana, o rusa, o polaca. Mi padre y todos los de su generación solo se casaron con gente de origen italiano.

Entrevista de Paraná Sendrós

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