«India Pravile» ( Argentina, 2003, habl. en español). Guión y dir.: M. Sabato. Int.: L. Cruz, G. Pal, C. Moreno, N. López Padin, C. Reyna, J. Lombardo, J. Luz, D. Capusotto, C. Espíndola, P. Caron, M. Zucker, G. Andreu, G. Rico, T. Pascali, M. Adjemian, D. Tedeschi, J. Sabato, R. Brindisi, H. Malamud.
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A varios años de su excelente docutanguero «Al corazón», y a muchos más años todavía de aquellas cintas populares que rodó bajo el seudónimo de Adrián Quiroga (y todo el mundo sabía que era él), Mario Sabato presenta su obra mas personal, una grata comedia con toques de humor negro, sobre un director «en retiro efectivo» que piensa suicidarse. Esposa e hija están enloquecidas. El yerno, no tanto. El perro, el nieto y un amigo roquero, también en retiro efectivo, se lo bancan.
Lo bueno, es que se trata de una película para todo público, y no sólo para cinéfilos. De hecho, éstos pueden ignorarla y hasta desdeñarla, acaso hasta por razones sectoriales, o porque el tipo aborrece el dogma danés, el cine iraní, los videoclips e tante altri. En cambio, puede disfrutarla cualquier espectador común, por ejemplo las mujeres que saben lo que es tener al marido quejoso metido en la casa todo el día, y se afligen cuando lo ven tranquilo («últimamente no odia a nadie», se alarma la patrona).
Hay situaciones bien reconocibles, como la visita de ambos al médico, diálogos muy placenteros, dichos y nombres con poder evocativo para más de una generación (los Fontanares, el avión Pulqui, la orden «! sharap!», para hacer silencio, etc.), y un tanto de lograda fantasía en las especulaciones del protagonista sobre su futura muerte, o en la evocación de un misterio de su infancia: el vendedor de sillones de mimbre, acaso un tano que quería anunciar sillas para casas de verano y le salía algo así como «india pravile». También a más de un pretendido creador le sale «algo así como»...
A través de estas escenas, el autor hace lucir un elenco preciso, impulsa una cariñosa visión de la amistad y la familia (lo que no impide que su personaje siga con la idea de suicidarse), saluda al público del viejo cine nacional (donde, dice la mujer, «el mundo es perfecto, las tomas son simples, las puedo entender»), y al gremio; se ríe de sí mismo, incluso bromeando sobre una maliciosa acusación de delito privado que debió soportar, y revive la contradictoria experiencia de colegas como el ya desaparecido Enrique Dawi, quien casi detestaba sus propias películas, que siempre fueron el éxito comercial del momento, pero el había soñado con hacer grandes obras artísticas. Por algo el personaje se llama Enrique-Quiroga, acaso pariente de ese Adrián Quiroga que el propio Sabato había «enterrado» en una cinta de los superagentes que le tocó realizar.
Pueden objetarse algunos altibajos, algún descuido menor, como la puerta del baño con la llave para afuera, que se advierte en una toma. No puede uno sino entregarse con tierna sonrisa, en cambio, cuando oportunamente van apareciendo queridas figuras de esas que provocan el aplauso espontáneo, entre ellas el impagable Jorge Luz, haciendo de acomodador cholulo, bien desparpajado, y el inolvidable Marcos Zucker, una sorpresa que tampoco hay cómo pagarla.
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