2 de septiembre 2004 - 00:00

"La aldea"

Joachim Phoenix, con deseos de atreverse más allá de los límites permitidos en «La aldea», de M. Night Shyamalan.
Joachim Phoenix, con deseos de atreverse más allá de los límites permitidos en «La aldea», de M. Night Shyamalan.
«La aldea» («The Village», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: M. Night Shyamalan. Int.: W. Hurt, J. Phoenix, B. D. Howard, S. Weaver, A. Brody.

Al cineasta indoamericano M. Night Shyamalan lo desviven los finales sorpresivos. Tras la fama mundial que logró gracias a la vuelta de tuerca de «Sexto sentido», sus siguientes dos películas entraron en franco declive. Con «El protegido» no alcanzó, ni por asomo, la magia de su antecesora, y con la esotérica «Señales» se puso al borde del ridículo.

Pero ahora en «La aldea», que sin duda es un film mucho más interesante que aquellos dos últimos, se plantea otro tipo de problema: si bien la base de esta nueva película es extremadamente seductora (una fábula a la que los seguidores de «La dimensión desconocida» sentirán familiar), la solemnidad de su puesta en escena, y ciertas fallas de libro muy evidentes, en especial una bastante grave, le juegan en contra. Aun así, la película no deja de ser atractiva.

Es poco lo que se puede adelantar de su argumento sin desbaratar misterios. En la aldea del título vive una austera comunidad que recuerda, vagamente, a la secta de los «amish» de «Testigo en peligro». Allí, comandados por el patriarca Edward Walker (William Hurt), gobiernan «los mayores», una especie de senado aldeano al que el resto de los habitantes, sobre todo los más jóvenes, obedecen ciegamente. La película se inicia en el cementerio, durante el entierro de un niño, cuya lápida ubica la acción a fines del siglo XIX.

La minúscula aldea se alza en un claro del frondoso bosque de Covington, desde donde llega por las noches un inquietante ulular como de almas en pena. Sabremos de inmediato que allí habitan «los innombrables», criaturas que han establecido un pacto de no agresión con los aldeanos: si ustedes no invaden nuestro territorio, nosotros no los molestaremos.

Desde luego que ese bloqueo (regla de oro para desatar fantasmas), ya sea por curiosidad, imprudencia o necesidad, buscará ser roto por los más jóvenes. Por ejemplo Lucius (Joachim Phoenix) le reclama permiso a los mayores para atraversarlo e ir «a las ciudades» en busca de fármacos. También está el tonto del pueblo (Adrian Brody), que no sabe lo que hace y puede aventurarse más allá de los límites tabú. O la ciega hija del patriarca, Ivy (Bryce Dallas Howard), que por ciertas vueltas de la trama terminará siendo la encargada de una misión imprevista, convertida en una Caperucita mostaza (el rojo es el color prohibido).

Como en
«Sexto sentido», Shyamalan maneja a su gusto al espectador y lo va conduciendo al lugar donde él quiere. En ese juego, además, corre ahora con más ventajas, porque el público, que ya lo conoce, esperará determinadas cosas de él, pero él podrá -o no-cambiar de táctica. No hay dudas de que ha logrado los climas opresivos que se propuso y, del mismo modo, que obtuvo de sus actores la respuesta prevista.

Sin embargo, esto tiene sus riesgos, porque
«La aldea» está muy lejos de ser el tipo de película que suelen aplaudir los fans del cine fantástico. Es demasiado teatral, demasiado racional. Es grave, carece de humor, por momentos es hasta muy densa y, en lugar de prodigarse en efectismos, lo hace en referencias literarias y cinematográficas, con varias alusiones a Perrault y a Lovecraft, y hasta con una cita textual (la escena del pozo en el bosque) de la obra maestra del cine japonés «Onibaba». Está lejos, pues, del modelo habitual del cine pop-corn.

Es probable que a muchos espectadores les resulte decepcionante la sorpresa final (tampoco es imposible llegar a presumirla). Sin embargo, es una resolución elegante y lúcida, por más que deba más tarde justificar algunas incoherencias mediante explicaciones verbales (e insatisfactorias). Todo esto es
«La aldea», que tal vez debió haberse llamado «El country».

M.Z.

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