8 de mayo 2003 - 00:00

La ira es controlable, Nicholson no

Escena del film
Escena del film
«Locos de ira» («Anger Management», EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.: P. Segal. Int.: J. Nicholson, A. Sandler, M. Tomei, L. Guzmán, J. Turturro.

A poco de revelarse como actor en «Embriagado de amor», Adam Sandler volvió a ser el de antes en una comedia que también libera a Jack Nicholson de la férrea marcación que padeció en «Las confesiones del Sr. Schmidt».

La idea de «Locos de ira» es atractiva y bastante audaz, al menos a juzgar por los primeros minutos de película. Un Sandler patológicamente tímido (un episodio traumático de infancia le impide hasta besar a su novia en público), es inmovilizado mediante descarga eléctrica por un agente federal en un avión, porque insistió en pedirle audífonos a la azafata sensibilizada «por la crisis que vive nuestra Nación». Pese a su duda razonable sobre la relación entre «audífonos y patriotismo», el incidente lo lleva a los tribunales, donde una jueza lo condena a tratar su ira con un terapeuta ( Nicholson) que, por casualidad, era su compañero de asiento en el vuelo. El diagnóstico del psicólogo es «violencia implosiva». Fin del atractivo y la audacia iniciales.

Pronto el protagonista comparte terapia de grupo con un ex combatiente de la efímera Grenada (John Turturro), un homosexual latino ( Luis Guzmán) y una pareja lésbica de actrices porno, entre otros especímenes siempre a punto del estallido emocional y físico. Lo único que le faltaba a quien ya era punching ball favorito desde su jefe a cualquier circunstante, incluyendo un ciego en un bar.

•Método

Pero, al revés de «Analízame» y «Analízate», acá el desquiciado es el analista. Su método, sumamente personal, consiste en mudarse a la casa del paciente, dormir desnudo con él en la misma cama, exponerlo a sus ventosidades nocturnas y enemistarlo con su novia ( Marisa Tomei), sólo para empezar. No conviene contar las siguientes torturas para no arruinar los gags escatológicodiscriminatorio-sexuales que si alcanzan a hacer reír en ocasiones lo deben a la galería de tics del Nicholson más desatado en años.

Hablando de galerías, se ve que el director
Peter Segal está bien relacionado, además de ser experto en segundas y más partes («El profesor chiflado 2», «La pistola desnuda 33 1/3»). A la lista de actores talentosos en pequeños papeles (Woody Harrelson aparece como travesti, por ejemplo) el film suma numerosos cameos, entre los cuales el más asombroso es el del ex alcalde neoyorquino Rudolph Giuliani haciendo de sí mismo en el final feliz a todo Sandler en un estadio de baseball. Los muy fisonomistas reconocerán también al barítono Robert Merrill y al tenista John McEnroe, aunque el público norteamericano seguramente disfrutó la presencia de otras figuras desconocidas por acá. Tal vez eso explique por qué este film lideró la taquilla estadounidense durante varias semanas.

Otras cosas no tienen explicación, como el enamoramiento de
Marisa Tomei por el protagonista o el plano, a cuento de nada, de un cartel de propaganda con la leyenda «An Army of One».

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