"LA MIRADA DE LOS OTROS"

Espectáculos

«La mirada de los otros» («Hollywood Ending», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: W. Allen. Int.: W. Allen, T. Leoni, T. Williams, D. Messing y otros.

E ste nuevo festín Woody Allen es una pacífica puesta al día de sus conocidas diferencias con el modo de producción de Hollywood. Pero, a estas alturas y con la distancia a la que fuerzan la edad, y las causas perdidas, es menos una combativa toma de posición que una marca de estilo, una autoparodia conciliatoria. Hace algunos años ya que la obra y la vida de Allen son las del sabio resignado, del artista atemperado. O, dicho en sus propios términos, las del neurótico feliz que obtuvo el alta y a quien poco preocupa ya que a «Matrix» la vean millones y a Bergman y Fellini muy poca gente. El mundo es así.

«La mirada de los otros» es, en consecuencia, la película chispeante, ingeniosa y agradable de un artista que ha venido suavizando sus tonos oscuros, y problemáticos, por otros más luminosos y transparentes. Casi como si volviera al cine de sus primeros años, a su propia etapa «azul y rosa», pero con esa sabiduría que sólo permite -en palabras de Vittorio Gassmancontar con un gran porvenir a sus espaldas en el que ya se ha dicho casi todo y se ha batallado todo lo que se debía. Lo que queda es música, humor, celebración, quizá la acepción más lúcida de la angustia que siempre alimentó su obra.

De alguna forma,
«Hollywood Ending» (título original que arrastra la inevitable resonancia nostálgica de la palabra «end») es la versión optimista de aquella obra maestra que fue «Crímenes y pecados»: otra vez el tema de la mirada y la ceguera, otra vez también la mujer intelectual que traiciona (ahora Téa Leoni, antes Mia Farrow) y se une al peor enemigo, el exitoso productor de cine para masas ( Treat Williams, como antes Alan Alda), quien por imposición femenina, o culpa, se digna a tirarle un hueso. El personaje de Allen, una vez más, es el del fracasado director de cinearte, cuyo último trabajo de supervivencia, y por el que también fue despedido, fueron comerciales de un desodorante
en Canadá.

Ese hueso, ahora, no es un documental biográfico sino una película de 60 millones de dólares, para cuya ejecución
Allen propone la anti-Biblia de Hollywood: rodarla en blanco y negro, contratar un director de fotografía chino que complique todo, reconstruir en estudios el Central Park y el Empire State. Y, encima, perder la vista durante la filmación. Indudablemente, y tal vez contra sus propias intenciones, las amables burlas de «La mirada de los otros» se dirigen más contra sí mismo que contra el establishment, como si les regalara a sus viejos enemigos la película que estaban esperando. «Si Beethoven compuso las nueve sinfonías sordo, ¿por qué no puedo dirigir yo esta película ciego?» se pregunta Allen desde las tinieblas psicosomáticas. Dato al margen: ¿es tan increíble esta invención de un director ciego? (ver recuadro).

Como casi siempre en su cine, el elenco de apoyo es inmejorable:
Téa Leoni endulza con su ángel un personaje posiblemente destinado a una de sus habituales mujeres en conflicto; Treat Williams es el convincente ejecutivo de Hollywood, sin tonos gruesos que lo caricaturicen; Debra Messing la más acertada encarnación de la vulgaridad (sólo obtenida antes por Mira Sorvino en «Poderosa Afrodita»), y Mark Rydell (el agente) y George Hamilton (otro ejecutivo) son lujos adicionales.

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