7 de agosto 2000 - 00:00

"LA NOVIA POLACA"

“a novia polaca”plain, uno de los pocos films holandeses que logran romper la barrera de la distribución internacional (en los últimos años se vieron muy pocos títulos de esa procedencia, entre ellos «Carácter» y «Memorias de Antonia»), se limita a sólo dos personajes centrales entre los que apenas hay diálogos: la fugitiva, Anna, y el granjero, Henk. Sin embargo, el silencio, las miradas y la evolución del vínculo, minuciosamente reflejada por la puesta en escena, son suficientes para que esta historia se vuelva apasionada. La primera escena muestra a la mujer huyendo de alguien: está desesperada, perdida y aterrorizada, y su cuerpo delata que ha sido salvajemente golpeada. Henk es un granjero ermitaño, que vive con los recuerdos de sus padres y peleando a diario con los funcionarios del banco que no le quieren otorgar créditos.
El encuentro es crudo, aunque con un primer indicio de ternura: desvanecida, Anna rueda por esa granja en la que quiere encontrar refugio, y Henk la carga en sus hombros, la lleva bajo la ducha, la limpia, cura y acuesta. Ni se le ocurre siquiera llamar a la policía. Cuando despierte, descubrirá que la mujer, polaca, apenas es capaz de pronunciar algunas palabras en holandés (él después le compra un diccionario), y que la historia que arrastra es tan desoladora como frecuente.
Anna ha dejado atrás la miseria de su aldea en Polonia y se radicó, como prostituta, en Holanda. A partir de esta temprana revelación del libro, se entiende rápidamente el origen de los golpes y -mucho antes que los protagonistas-se empieza a temer por el predecible regreso de los «dueños» de la ilegal, que no tardarán en dar con su rastro.
El director
Karim Traidia, emigrante él mismo, construye con esta película no sólo una historia de amor minimalista y amarga, sino que también traza un cuadro bastante preciso de la soledad de dos «extranjeros», aunque uno de ellos, el granjero, sea natural del lugar. Su cámara, en algunas escenas, demuestra no tener ningún apuro, pero sus tiempos jamás son muertos. «La novia polaca» tiene decididamente un ritmo de misteriosa sugestión.
La elección de los actores es también otro punto clave: por empezar Anna (
Monique Hendrickx), una actriz dúctil y de mirada casi hipnótica, es captada por la cámara de tal manera que puede transitar desde la apariencia de una interna de Auschwitz, en las primeras escenas, hasta momentos fotográficos que hasta rozan la belleza; Henk ( Jaap Spikjers) transmite toda la sequedad, la amargura y la desprotección del campesino solitario, y en ese sentido su personaje es universal. Pero la relación riquísima que se establece entre ambos es, sin duda, lo más importante, hasta el clímax con una descarnada resolución. Para ver.

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