30 de noviembre 2000 - 00:00

La ópera moderna sigue asustando en el Colón

(30-11-00) Quedaron palcos y butacas vacías en la función de dos pequeñas óperas en el Teatro Colón, «Il prigionero» del maestro dodecafónico Luigi Dallapiccola, y « Liederkreis», del argentino Gerardo Gandini, que se ofreció por primera vez. No todos los abonados a la gala aprecian las óperas modernas y, sin embargo, los que se atrevieron a desafiar sus prejuicios disfrutaron de buena música y también del espectáculo visual, elemento esencial para este tipo de obras.

Sobre todo en «Il prigionero», ópera estrenada en Turín en 1949, de fuerte contenido político, que narra los tormentos de una víctima de la Inquisición durante el reinado de Felipe II, que va en busca de la libertad que sólo va a encontrar en la muerte. La tragedia se manifiesta cuando el prisionero, papel que interpreta el barítono Marcelo Lombardero, luego de describir su martirio le expresa al gran inquisidor que se lo lleva a la hoguera: «Ahora comprendo que la esperanza es la peor de las torturas».

Son apenas cinco personajes: la madre, la mezzosoprano Adriana Mastrángelo; el inquisidor, el tenor Carlos Bengolea; los dos sacerdotes, el tenor Gabriel Renaud y el bajo Luis María Bragato. El joven escenógrafo y regisseur Marcelo Perusso, egresado de las escuelas Prilidiano Pueyrredón y De la Cárcova que debutó hace unos años en el Teatro Argentino de La Plata, supo recrear el tenebrismo del barroco caracterizado por los colores sordos y los dramáticos contrastes entre la luz y la sombra acordes con la trágica disonancia de la obra. Pero la mayor virtud fue la ambigüedad de su trabajo.

En medio del escenario plantó una estructura simple y concisa de hierro, cuya forma indefinida podía ser la de una cárcel, pero a la vez la de un intimidante instrumento de tortura. También supo crear un momento particularmente intenso, cuando el protagonista descendió a esa prisión colgado de un arnés, como un mártir que podía haber salido de una pintura de Zurbarán o Ribera.

Si bien el entreacto estuvo entretenido, Sergio Renán y Emilio Basaldúa, en el mismo palco, no parecían compartir la felicidad contagiosa de los que celebraban no haberse perdido esa buena ópera. Para comenzar, un sonriente Jorge Telerman y entre otros, Jan Stachnik, Mirtha Legrand envuelta en sedas violetas, y Teresa Bulgheroni, que lucía un verde luminoso y estaba acompañada por el nuevo embajador de Rusia, Eugenio Astakhov.

En un diálogo tan amigable como nunca habían tenido hasta esa noche, Teresa Anchorena y Jorge Glusberg parecían haber dejado atrás sus pasados desencuentros. En ese mismo plan de disfrutar la penúltima función del año y entre los que prefirieron quedarse hasta el final de «Liederkreis», mientras otros desertaban, estaban Marga Macaya, Yolanda y Angel Gurruchaga, Dora y Horacio Rodríguez Larreta, Marizú Terza, Tomás Fillol, Horacio Trevino, Constanza Patrón Costas y Valeria Fiterman. Además del embajador Eduardo Iglesias e Ignacio Smith, quienes luego y ya en Edelweiss, conversaron con la soprano Graciela Oddone y las mezzosopranos Virginia Correa Dupuy y Susanna Moncayo.

Las cantantes les contaron lo que padecieron en el escenario al ver el público en retirada. Al mismo restorán llegó
Gerardo Gandini, y allí se habían concentrado todos sus fans para aplaudirlo un largo rato, gesto que se convirtió en una compensación. Se comentó que plagado de transparencias y reflejos, el manierismo estetizante de la régie de Rubén Szuchmacher, al igual que la escenografía y vestuario de Jorge Ferrari, coincidían exactamente con el rebuscamiento argumental de Alejandro Tantanián y la vaporosa música de Gerardo Gandini, autor que alcanzó su máxima celebridad con la ópera « La ciudad ausente», sobre la novela de Ricardo Piglia.

«Liederkreis»
es una reflexión del arte sobre el arte, ya que trata de las densas evocaciones del músico argentino alrededor de la figura de Schumann, su locura y la relación con su hija Clara hasta su muerte, cuando exclama: «El camino es ya demasiado largo».

El papel agobiante del maestro alemán estuvo a cargo del barítono
Héctor Guedes. Una poética parodia posmoderna que no excluye el análisis filosófico ni psicológico, plagada de citas, referencias y mensajes sólo aptos para niveles «high cult». Dificultad que no perturbó la apreciación de un vestuario esplendoroso y tampoco del toque fashion acorde con la época, expresado en los árboles encerrados en cubos de vinilo blanco que apenas transmitían el recuerdo de su verdadera naturaleza y lucían tan distantes como la música de Schumann.

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