1 de noviembre 2006 - 00:00
"La primera vez que me vi en 'Emmanuelle' me dormí"
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Sylvia Kristel:
«Decidí
escribir mis
memorias
cuando me
anunciaron
que tenía
cáncer de
garganta y
de pulmón».
S.K.: De la riqueza he pasado a la pobreza. No he escrito este libro sólo por el dinero, pero reconozco que me resulta embarazoso no poder pagar los recibos. Trato de salir adelante y el éxito de mis memorias podría querer decir que la gente no se ha olvidado de mí. No he tenido un Oscar, pero sí he sentido el calor de la gente.
P.: ¿Cuándo ha visto por última vez la película?
S.K.: Hace 6 meses, gracias a un DVD que me enviaron unos periodistas británicos. Me pareció mala, trasnochada, tonta. Era la primera vez que me atrevía a verla desde 1975. Y en aquella ocasión me dormí después de unos minutos. Creo que la música adormecía. No me gustaba verme desnuda en el cine. Nunca he entendido por qué mi cuerpo atraía tanto a la gente.
P.: ¿Y tiene su propia teoría sobre su éxito? Se han escrito tesis, versiones panfletarias, condenas vaticanas.
S.K.: No fue un fenómeno cinematográfico, sino sociológico. Estaba vacante el trono que habían dejado Marilyn Monroe en los 50 y Brigitte Bardot en los 60. Había ganas de liberación sexual y quizá me convertí en una oportunidad. Soy consciente de que era una actriz muda, un cuerpo. Pertenecía a los sueños de los demás. Fue duro hacer el papel. No tenía el menor gusto por la exhibición. Nunca he vendido mi sexualidad. Emmanuelle no era yo. Nunca ha sido yo. Pero sabía que mi cuerpo -insisto- y no mi sexualidad tenía un precio. Hice 50 películas pero, en realidad, Emmanuelle ha sido mi único papel. El éxito fue tan grande que enterró el resto de mi carrera. Era inútil que me contrataran Claude Chabrol o Roger Vadim. Emmanuelle me amordazó, truncó todo lo que significa ser yo misma. Fue una especie de castración.
P.: También le convirtió en una estrella multimillonaria.
S.K.: Lo sé. Me permitió 10 años de carrera en el star-system, de Europa a Hollywood. Poco tiempo para darme cuenta de lo que me estaba sucediendo. Hacía lo contrario de cuanto podía beneficiarme. Notaba una atracción magnética hacia la autodestrucción. Vivía una degradación progresiva, a veces inconsciente. Me rodeaba de personas que me hacían daño. La culpa la tuvo la cocaína por encima de cualquier otra cosa y persona. Consumirla me hacía creerme genialmente lúcida, me daba seguridad. Y me conducía al consumo desmesurado del alcohol. De tanto esnifar se me perforó el tabique nasal. Dejé la cocaína cuando mi contador me dijo que me estaba arruinando. O la casa o la droga... No quiero ser una moralista ni una arrepentida. Sí me gustaría que las jóvenes estrellas leyeran mi libro como una advertencia y como un aprendizaje. Nunca tuve el control de mí misma en aquellos años de locura. No es fácil, tampoco, cambiar la vida de una secretaria por la de una mujer must fuck, con quien todos quieren acostarse.
P.: ¿Cuándo regresó a la realidad?
S.K.: Mi fama y popularidad fueron decreciendo a fines de los 80. Tuve un compañero sentimental que me dejó sin dinero. Hice cosas sueltas e intenté administrar mis bienes. Tuve la fortuna de conocer al poeta Freddy de Vree. Estuvimos 13 años juntos. Fue mi último gran amor. También pudo percibir que yo había arrastrado durante años el problema de mi frigidez.
P.: Está a punto de echar abajo un mito histórico...
S.K.: No importa. Cuando hablo de frigidez me refiero a mi pudor y pasividad respecto al sexo. Muchos hombres esperaban toparse con la Emmanuelle de las películas. Creían encontrar en mí la prolongación de sus fantasías: promiscuidad, predisposición al lesbianismo, a los tríos, al sexo en los aviones. Querían encontrarse una maestra del sexo, una geisha. Deseaban verme sentada en una silla con las piernas semicruzadas y un collar de perlas al cuello. La realidad es que recibí una severa educación religiosa, había sufrido abusos sexuales, contemplaba mi cuerpo sin la menor satisfacción. Muchos amantes me han reprochado mi pasividad en la cama y mi falta de imaginación. Emmanuelle era lo contrario que yo. Pero también debo agradecer que esas experiencias hayan provocado en mí una gran reacción. Mi vida ha pasado del extremo del exceso al extremo de la tranquilidad. Ahora trato de disfrutar de la soledad. Me dedico a pintar, leo, veo TV, salgo a pasear sin mirar el reloj. Me han diagnosticado un cáncer de garganta y otro de pulmón, pero estoy viva. No tengo miedo a la muerte. Me gustaría elegirla como el último de los deseos.
P.: Pero no ahora.
S.K.: No. Ahora me gustaría ser abuela. Y aún espero que un día pueda conocérseme como una actriz válida. Ahí están mis otras películas. Puede que se reescriba mi historia. Puede que los críticos reconozcan que hice un buen papel en la «Alicia o la última fuga», de Chabrol. También quizá vuelva a enamorarme. No soy tan mayor.




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