Presentación de « Detonador de sueños». Actuación de La Renga. Con Gustavo Nápoli «Chizzo» (voz, guitarra), Gabriel Iglesias «Teté» (bajo), Jorge Iglesias «Tanque» ( batería), Gabriel Sánchez «Chiflo» (vientos) y Manuel Varela «Manú» (vientos). (Estadio River; 17 de abril).
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Desaparecidos Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, La Renga pasó a ocupar el lugar de la representación casi absoluta de esta variante del rock argentino muy cercana, por igual, al fútbol y a la política. Los fans de esta banda conocen cada letra, cada melodía, cada giro de sus músicos favoritos. Pero la identificación con sus ídolos es tan grande que se sienten representados por ellos mucho más allá de las canciones.
No existen en este momento, salvo ellos, grupos que puedan vender entradas para sus conciertos en distintos puntos del país, o motorizar una caravana -como la que ocurrió el sábado temprano en la tarde-para acercarse en conjunto al recital. La Renga, hoy, atraviesa clases sociales, aunque su mayor anclaje sigue estando en sectores medios-bajos.
Pero el discurso de los «hinchas» se equipara al de un mitín político -con el Che Guevara como figura más representativa, más como ícono que como pensador-o a un domingo en cualquier cancha de fútbol, con cantitos que ponen en pie de igualdad a la «birra», el «faso», el Che y, por supuesto, al grupo de sus amores.
En ese marco, La Renga juega a dos puntas: por un lado cumplen con todos -o, al menos, con muchos-de los esquemas profesionales de la industria del disco y del espectáculo: basta con calcular la recaudación de un recital colmado en River -alrededor de 60.000 personas- con entradas a $20 promedio, o considerar las 80.000 copias vendidas de su último CD «Detonador de sueños», o reflexionar sobre la próxima actuación, el 1 de mayo, en Albacete, España.
Pero, simultáneamente, nada sería de esta banda oriunda de Mataderos si no fuera por sus seguidores, que le hacen «el aguante», que tienen su lugar destacado en la página oficial de Internet, que arrastran mucho más que cualquier afiche o promoción de prensa. Así las cosas, el grupo de Chizzo, Teté, Tanque, Chiflo y Manú entregó en River sus mejores armas: canciones sencillas en su estructura, crudas en sus letras, desgarradas en su interpretación.
Pero la puesta tuvo el nivel de banda internacional, con pantallas poderosas y puesta deslumbrante, sólo alterada por un pequeño problema técnico cerca del final del concierto. Fueron más de tres horas de espectáculo donde hubo material nuevo y repertorio acumulado -a veces, a manera de popurrí- de todas las épocas en un buen resumen de 15 años de historia.
Y la gente festejó, bailó, vociferó que «el que no salta es un inglés», transpiró, se emocionó, gritó como si hubiera goles, y se divirtió con una alegría masiva, futbolística.
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