3 de agosto 2000 - 00:00
"LAS CENIZAS DE ANGELA"
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McCourt se hizo famoso en los Estados Unidos cuando, casi a los 70 años, debutó como autor publicando unas memorias que impresionaron sobre todo a la comunidad irlandesa.
«Las cenizas de Angela», el nombre de su madre, parte de este principio: «una infancia feliz difícilmente valga la pena para nadie. De todas las infancias miserables, la peor es la infancia irlandesa, y mucho peor aún la infancia católica irlandesa. Nadie puede jactarse de los infortunios de esa forma de infancia».
La elegante ironía de McCourt, a la que tal vez una adaptación más cruda de su libro no hubiese reflejado, encuentra en la versión Parker una pulcritud que, pese a todo, tampoco le hace justicia. Sus padres en el film, los estupendos actores Emily Watson («Contra viento y marea») y Robert Carlyle («Todo o nada-The full monty») discuten a veces como si habitaran una obra de Eugene O'Neill -para seguir con un apellido del mismo origen- antes que un iletrado tugurio de Limerick, la ciudad de Irlanda del Sur adonde la familia regresa al empezar el film, tras su fracaso en «hacer la América» a principios de los '30. No es lo único que de libresco tiene el film: más adelante, la usurera y la amante tísica también recordarán a clásicos arquetipos literarios.
De vuelta a Irlanda, en medio de la nada y el mal olor, el hambre, el desempleo y las pintas de cerveza Guinness como único consuelo, el pequeño Frank es testigo de los repetidos nacimientos y muertes de sus hermanos, habitual combinación de marginalidad con procreación no controlada. Sin embargo, todo parece transcurrir a media voz, con llanto medido, casi sin sobresaltos, sin suciedad, sin gritos. Ante los episodios más traumáticos, los personajes reaccionan escapando o vomitando (se vomita mucho en esta película). Pero vomitan con estilo, no de cualquier manera.
Sorprende también, aunque más no sea por prejuicio, que en una historia de esta naturaleza no haya ni una sola escena de delito o de violencia, con excepción de la «violencia de efecto visual» a la que tanto se acostumbró el cine de arte, aquí representada por el momento en que el padre, en una Navidad, se come el ojo de un ternero cuya cabeza era el único plato que habían conseguido. Hay otra escena efectista con ojos, aunque menos patética: la conjuntivitis del protagonista, Frank, cuando debe salir a trabajar como carbonero. Nunca una conjuntivitis lució tan hermosa en la pantalla.
Los sarcasmos en off de McCourt, más pudorosos que desapasionados, dan lugar a algunas de las escenas más logradas del film: en especial, aquella en que Frank, ya adolescente, va siguiendo secretamente a su padre por las calles de piedra cuando éste se va de la ciudad a conseguir trabajo, y de alguna forma se anticipa, con humor, a las presunciones del espectador: «Si estuviéramos en una película americana ya lo habría abrazado y ya le habría dicho cuánto lo amaba. Pero estamos en Irlanda, y esas cosas acá no se usan. En Irlanda sólo se ama a Dios, a los bebés, y a los caballos de carrera ganadores». Ese temperamento, sin duda, posibilita muchas frases afortunadas, pero no siempre películas a la misma altura.


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