19 de octubre 2000 - 00:00

"LAS MUJERES ARRIBA"

H ace quince años, Fina Torres, la directora venezolana que firma esta película inclasificable, interesó seriamente con «Orianna», su opera prima, como para que su menos personal opus 2 («Mecánicas celestes», 1993) tuviera financiación internacional, ganara algunos premios y le permitiera concretar, finalmente, esto que ella llama «mi sueño» hollywoodense. «Las mujeres arriba» resultó, si no un mal sueño, uno bastante tonto, a partir de un guión de autora brasileña que empieza por dar una imagen del Brasil que Hollywood mismo desechó hace por lo menos 50 años. Para empezar, todo el mundo habla en inglés en esta película. Los brasileños, con acento, naturalmente. •Protagonista
La española Penélope Cruz
chica Almodóvar de vertiginoso ascenso hacia el cielo de Hollywood, por cierto, es Isabella, una bahiana que cocina como los dioses y desde niña sufre mareos que le impiden subirse a nada en movimiento (autos, aviones, ascensores) a menos que ella tenga el mando. Es decir: en el baile, ella es la que lleva; en el sexo, ella debe estar arriba (de ahí el título; así de simple). El encierro de la protagonista en la cocina del restorán del marido Toninho, versión aggiornada y light del Vadinho de «Doña Flor y sus dos maridos» finaliza abruptamente el día en que lo descubre engañándola, porque «soy un hombre y alguna vez tengo que estar arriba».
Loca de dolor,
Isabella vuela a San Francisco. Allí se reencuentra con su amiga Mónica Jones (un travesti, interpretado con entusiasmo digno de mejor causa por Harold Perrineau, Jr.); se libera de la pasión por Toninho mediante el vudú; enloquece a los hombres a distancia con el aroma que escapa de sus sartenes o, de más cerca, con el cimbrear de sus caderas, como para que en una escena inefable la sigan en fila canina por la calle; y termina protagonizando un programa televisivo de cocina que magnetiza a toda la ciudad. Toninho, entretanto, desafía a «Yemanja», al vudú y hasta a la custodia del canal de televisión, en el afán de reconquistarla.
Con todos sus defectos,
«Como agua para chocolate» referencia obligada en todas las críticas norteamericanas, es un dechado de virtudes al lado de este híbrido asombroso, fotografiado con intención de realismo mágico, por Thierry Arbogast (director de fotografía de Luc Besson en «Nikita», «El quinto elemento» y «Juana de Arco», y de Emir Kusturica en «Gato negro, gato blanco») y musicalizado por el argentino Luis Bacalov. En pocas palabras, un desperdicio completo que ni siquiera enseña una buena receta bahiana para justificar el precio de la entrada.

Dejá tu comentario

Te puede interesar