Madame Souza llega a Belleville en una escena del excelente largometraje de animación de Sylvain Chomet.
«Las trillizas de Belleville» («Les triplettes de Belleville», Francia, Bélgica, Canadá; 2003). Dir.: Sylvain Chomet. Animación.
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Ni Disney, ni Pixar, ni animé: «Las trillizas de Belleville», excelente largometraje animado francés, es una fantasía pesadillesca deudora de Buñuel y la cultura europea de entreguerras; una odisea nocturna, triste y regocijante a la vez, teñida por el humor negro de estos tiempos pero inspirada, de manera explícita, por el espíritu del cine de Jacques Tati, de quien hasta se incluye un clip de «Día de fiesta» y se ve, en un momento, un pequeño afiche de «Las vacaciones del señor Hulot».
La película abre con un principio falso: una especie de documental de los años '30, diseñado con el estilo de animación de los hermanos Fleisher (Betty Boop), que muestra una gala en un teatro de variedades donde aparecen celebridades de la época, desde Fred Astaire a Josephine Baker. Acompañando a la Baker, un insólito terceto de mujeres, las trillizas de Belleville, que luego tendrán mayor importancia en la trama.
Ese falso comienzo no es otra cosa que un programa de televisión, en blanco y negro, que desde la sordidez de su living en un caserón de París, durante los años De Gaulle, están viendo los protagonistas del film, el tímido Champion y su abuela, Madame de Souza. Más tarde sobrevendrá el tercero de los personajes, el perro Bruno. El programa se corta, hay interferencias, aparece Glenn Gould tocando Bach. Apagan el televisor y regresa la aplastante rutina.
En sus fantasías, Champion quiere ser un astro del ciclismo. Su abuela lo anima entrenándolo de una manera casi fascista. Llega el tour de France, la gran oportunidad de su vida... y también un secuestro, donde dos matones lo llevan a Nueva York para entregarlo a un Padrino. Claro, Nueva York no se llama así sino Bellville, que es como Manhattan pero revisada por Botero, y hasta la Estatua de la libertad es fofa. Y la abuela, que atraviesa el Océano mientras resuena el Dies Irae de la Misa de Mozart, llega a Belleville para rescatarlo... y encuentra a las Trillizas...
La imaginación del creador de esta maravilla visual y conceptual, Sylvain Chomet, no parece tener límites, y todo a fuerza de diseño, humor incisivo y cruel, fantasía prodigiosa, sonidos de toda naturaleza (las Trillizas son capaces de alternar entre Edith Piaf y Stomp), pero sin que en la película se diga, casi, una sola palabra, ya que lo único verbal que existe es el relato de la carrera de bicicletas, el farfulleo de De Gaulle en televisión, y muy poco más. Un film para no dejar pasar.
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