30 de noviembre 2004 - 00:00

Legado Bemberg tendrá su sala

«Composición constructiva» (1946, tambiénconocido con el título «Yerba»), de Joaquín Torres García, una de las obras que componen la Colección María Luisa Bemberg, que tendrá sala permanente en el Museo de Bellas Artes.
«Composición constructiva» (1946, tambiénconocido con el título «Yerba»), de Joaquín Torres García, una de las obras que componen la Colección María Luisa Bemberg, que tendrá sala permanente en el Museo de Bellas Artes.
Es una excelente noticia que desde el próximo jueves el público pueda visitar la sala de la Colección María Luisa Bemberg en el Museo Nacional de Bellas Artes. Frente al Museo, en la terraza de su casa, a mediados de marzo de 1995, en presencia de sus hijos -con cuyo acuerdo y respaldo legaba su colección-, y del autor de esta nota (en ese momento Director del Museo), la cineasta hizo su aporte de veintiséis pinturas y una escultura. Esto es más que un recuerdo: un mes y medio después, la gran directora de cine fallecía.

La Colección se expuso por primera vez en 1996. Finalmente, ahora, las obras donadas por quien tanto valoraba a los buenos artistas latinoamericanos se incorporan al patrimonio del Museo. Son piezas que representan una inteligente visión del arte de nuestros países. Entre ellas, las de Pedro Figari (1861-1938), quien hacia 1918 empieza a recobrar las tradiciones rioplatenses a través de dos arquetipos, el gaucho y el negro, que lo son en rigor de toda América; y de otros personajes, escenas y costumbres urbanas, como los salones y saraos postcoloniales y federales.

Pintadas en Montevideo, Buenos Aires, París, estas obras representan el imaginario de un creador único. «Las vecinas» y «Tertulia en la fonda antes de comer» (c. 1919), pertenecen a la saga de los hábitos montevideanos de la infancia del pintor; «Deliberando» remite a los salones de la burguesía, y «Pelando la pava», a los cortejos más o menos románticos; y el «Candombe de Carnaval» exhibe una de las representaciones más características de la pintura de Figari.

La obra de otro uruguayo, Joaquín Torres García (1874-1949) es una búsqueda hacia el encuentro con su destino histórico latinoamericano. Llevado por sus padres en 1891 vivió en Europa hasta 1934, salvo un breve período en Nueva York (1920-22). La década y media de su etapa montevideana tras su retorno, es la de su pintura más rica y tal vez la del encuentro buscado. «Catedral constructiva» (1931), pertenece a la etapa final de su manera artística propia.

Pintado en París, forma parte de lo que Torres García, en una carta de fines de 1931, denomina «un estilo que podría llamar catedral. Es algo fuerte, muy maduro (síntesis de toda mi obra) muy justo (...) y lo que es mejor, algo nuevo porque es lo más antiguo».

«Composición constructiva»
(1946, también conocido con el título «Yerba») corresponde a los últimos tramos de su obra. Se incluye en una serie de pinturas de 1943 a 1947, en que el artista recurre a la geometría, a la identificación de figuras humanas y animales, máquinas. En este caso, también a objetos cotidianos, con intenso predominio del rojo, el amarillo y el blanco.

Rafael Barradas
(1890-1929), también «era esencialmente americano, y en esto radica su principal valor», según el obituario del diario «La Vanguardia», de Barcelona. En poco más de una década y media, Barradas creó una obra múltiple: dibujante de historietas, ilustrador de libros y periódicos, diseñador de escenografías y vestuarios teatrales, de afiches y juguetes y pintor singular, sin precedentes ni continuadores. Las obras de la Colección permiten apreciar las transformaciones de Barradas en sus primeros cinco años europeos. Hay un postimpresionismo autónomo en «The Tango», «Fiesta de disfraz» e «Impresión de boulevard», tres óleos ejecutados en París, en 1913; en «The Tango.

Emoción de Color»,
del mismo período brota ya el armónico planismo posterior, que es posible observar en «Impresión de café», un retrato del escultor Bernabé Michelena.

También corresponde destacar las obras singulares de Xul Solar (1887-1963). Desde su llegada a Europa, Xul ha tenido una etapa fauvista, un momento simbolista-art nouveau, y un ciclo de abstracción geométrica. Pero a partir de 1918, con una serie de arquitecturas neobizantinas en que aparecen, sueltos o integrados, los signos que han de caracterizar más adelante muchas fases de su pintura, nuestro artista desemboca en su retórica propia. Hacia 1919 comienza con la representación de objetos antropomórficos y de seres ( humanos y animales) geométricos en movimiento.

«Místicos»,
corresponde al período que el artistainicia en 1924: pinturas en las que se multiplican seres, animales, objetos y símbolos ( procedentes de tradiciones herméticas y religiosas, pero también de cuño propio). Utiliza la geometría para arquitecturar las imágenes y establecer distintos niveles de narración y percepción visual. En « Paisaje», el sol apenas ilumina en el sector de penumbra; la luna pende casi como una lámpara y las estrellas son apenas más que velas. Aunque bien trazada, con sus rampas-cornisas y sus volúmenes netos, «Ciudá» es una urbe fantasmal, que anuncia las inquietantes estampas que le suscitó la guerra, en la primera mitad de la década del '40.

Son panoramas solitarios, de colores oscuros sin brillo: altas montañas antropomórficas, sin horizontes, y con espacios urbanos formados por muros-escaleras o por tubos gigantescos y quizás inaccesibles. Tras el final de la contienda, el color se enciende en matices claros y en gamas diversas. Subsisten las montañas, capaces de humanizarse en ondulaciones musicales, como en
«Impromptu de Chopin».

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