30 de noviembre 2004 - 00:00
Legado Bemberg tendrá su sala
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«Composición constructiva» (1946, tambiénconocido con el título «Yerba»), de Joaquín Torres García, una de las obras que componen la Colección María Luisa Bemberg, que tendrá sala permanente en el Museo de Bellas Artes.
«Composición constructiva» (1946, también conocido con el título «Yerba») corresponde a los últimos tramos de su obra. Se incluye en una serie de pinturas de 1943 a 1947, en que el artista recurre a la geometría, a la identificación de figuras humanas y animales, máquinas. En este caso, también a objetos cotidianos, con intenso predominio del rojo, el amarillo y el blanco.
Rafael Barradas (1890-1929), también «era esencialmente americano, y en esto radica su principal valor», según el obituario del diario «La Vanguardia», de Barcelona. En poco más de una década y media, Barradas creó una obra múltiple: dibujante de historietas, ilustrador de libros y periódicos, diseñador de escenografías y vestuarios teatrales, de afiches y juguetes y pintor singular, sin precedentes ni continuadores. Las obras de la Colección permiten apreciar las transformaciones de Barradas en sus primeros cinco años europeos. Hay un postimpresionismo autónomo en «The Tango», «Fiesta de disfraz» e «Impresión de boulevard», tres óleos ejecutados en París, en 1913; en «The Tango.
Emoción de Color», del mismo período brota ya el armónico planismo posterior, que es posible observar en «Impresión de café», un retrato del escultor Bernabé Michelena.
«Místicos», corresponde al período que el artistainicia en 1924: pinturas en las que se multiplican seres, animales, objetos y símbolos ( procedentes de tradiciones herméticas y religiosas, pero también de cuño propio). Utiliza la geometría para arquitecturar las imágenes y establecer distintos niveles de narración y percepción visual. En « Paisaje», el sol apenas ilumina en el sector de penumbra; la luna pende casi como una lámpara y las estrellas son apenas más que velas. Aunque bien trazada, con sus rampas-cornisas y sus volúmenes netos, «Ciudá» es una urbe fantasmal, que anuncia las inquietantes estampas que le suscitó la guerra, en la primera mitad de la década del '40.
Son panoramas solitarios, de colores oscuros sin brillo: altas montañas antropomórficas, sin horizontes, y con espacios urbanos formados por muros-escaleras o por tubos gigantescos y quizás inaccesibles. Tras el final de la contienda, el color se enciende en matices claros y en gamas diversas. Subsisten las montañas, capaces de humanizarse en ondulaciones musicales, como en «Impromptu de Chopin».



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