6 de agosto 2001 - 00:00

Louis Armstrong le dio un nuevo sonido al siglo XX

Louis Armstrong.
Louis Armstrong.
(03/08/2001) Es paradójico, pero Louis Armstrong no habría sido quien fue para la historia de la música del siglo XX de no haber hecho lo que hizo en los primeros años de su carrera, cuando todavía era un muchacho pobre sin mayores aspiraciones: tocar su corneta y canturrear algunas melodías. No habría llegado a la consideración masiva si no se hubiera popularizado en su lenguaje, si no hubiese coqueteado, como lo hizo, con las baladas más cercanas al pop, si no hubiera abordado otros géneros distintos del jazz.

Daniel Louis Armstrong nació en Nueva Orleans el 4 de agosto de 1901 (y no en 1900 como se creyó durante mucho tiempo). Tuvo varios apodos a lo largo de su vida -Deermouth, Pops, Satchelmouth-, pero ninguno alcanzó la popularidad de Satchmo, que terminó convirtiéndose en sinónimo de su nombre.

No tuvo una infancia sencilla. Su padre Willie era un humilde trabajador, y su madre Mary Albert, una doméstica que también ganó algunos dineros como prostituta. Su padre lo abandonó a poco de nacer y eso obligó a su madre a mudarse a un barrio aun más pobre, en el que vivían prostitutas negras. Pasó algunos años con su abuela paterna. Su madre, con la que compartió también muchos años de su infancia, era afectuosa con él aunque algo irresponsable; y era habitual que abandonara a Louis y a su hermana por algunos días.

Aprendió a tocar la corneta en un reformatorio para chicos negros. La versión oficial dijo que había sido por disparar al aire una pistola de su padrastro durante una fiesta de Año Nuevo, aunque parece que fueron más los delitos menores que cometió por aquella época.

Tampoco fue sencilla su adolescencia, y aunque tocaba esporádicamente en bares de Nueva Orleáns, debía ganarse la vida con otras actividades. En 1919, sin embargo, su suerte empezó a cambiar. Reemplazó a King Oliver en la banda de Kid Ory. Y, a partir de allí, se hicieron más habituales sus actuaciones en barcos que recorrían el río Mississippi y en clubes de su ciudad.

Poco después, Oliver lo convocó para integrarse como segunda corneta en la Creole Jazz Band, en Chicago -movido por una migración que mudó a muchos negros hacia el Norte-. Satchmo siempre consideró muy importantes esos tiempos junto a Oliver a quien tuvo, durante toda su vida, como su primer gran maestro.

En 1924 llegó su segundo casamiento, con la pianista
Lil Hardin -antes se había casado con Alpha Smith, y tuvo como tercera esposa a Lucille Wilson-, y dejó la banda de Oliver para tocar en el Dreamland Ballroom, también en Chicago; poco después se mudó a Nueva York para tocar junto a Fletcher Henderson. Pero por cierto, su historia grande comenzó a escribirla a mediados de la década del '20 cuando, ya de regreso en Chicago, armó sus famosísimos Hot Five.

Por entonces, abandonó la corneta y se «apropió» de la trompeta, seducido por su sonido más brillante. De esa época son las piezas emblemáticas de su repertorio, como
«West End Blues», «Cornet Chop Suey», «Potato Head Blues» o «Sol Blues». Sin embargo, todavía no estaba definida su carrera como solista. Simultáneamente, tocó con la orquesta de Erskine Tate en el teatro Vendome, con Carroll Dickerson en el Savoy Ballroom y con Tommy Rockwell en Nueva York, donde comenzó a explotar también su luego popular tarea como «entretenedor».

Claro que sus solos no pasaban inadvertidos. Muy pronto, su manera de «cantar» con la trompeta, su vibrato, su sentido del golpe, su manera de frasear y de improvisar, se convirtieron en modelos a seguir para los jóvenes «jazzmen», incluidos músicos que tocaban otros instrumentos, como el saxofonista
Coleman Hopkins o el pianista Earl Hines. No tardó en hacer famoso su personal modo de cantar y de hacer «scat»; de hecho, se lo considera el inventor de esta particular manera de vocalizar en el jazz.

Europa supo de su talento. Y aunque algunos le criticaron su excesivo «americanismo», terminaron sucumbiendo a sus valores. Hacia 1930 ya era una estrella internacional. Tuvo su propio padrino en el manager
Joe Glaser, un poderoso al que se asoció con la mafia, quien administró la fortuna de Armstrong por 35 años y tuvo muchas influencias también en sus destinos artísticos.

A
Glaser le debe, por ejemplo, el haber sido el primer negro en aparecer en largometrajes, el haber tenido su propio show radial y el haberse convertido en un artista con proyección nacional primero e internacional después. Y fue Glaser el que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, lo aconsejó para abandonar su big band y armar un grupo más pequeño conocido como All Stars.

A pesar de que en un principio esa formación incluyó a grandes nombres del jazz,
Earl Hines entre ellos, poco a poco se fue convirtiendo en una excusa musical para explotar las capacidades histriónicas de Armstrong y para dar acompañamiento instrumental a sus canciones cada vez más cercanas a la música pop.

La historia posterior es la más popular. Trabajó en cine. Abrió el juego hacia otros géneros; una de las mayores curiosidades, seguramente, es su versión de
«El choclo», editado bajo el título de «Kiss of fire». Tocó y grabó piezas como «Hello Dolly», «What a wonderful world», «La vie en rose». Compitió con «crooners» como Frank Sinatra. Y puso a su figura aun por encima de sus impresionantes cualidades artísticas.

En 1959 sufrió su primer ataque cardíaco. Eso lo obligó, a pesar del gran éxito que tenían sus grabaciones, a interrumpir las giras por diez años. Su última viaje a Inglaterra fue 1969. Ya no volvería a salir de los Estados Unidos. Un par de años después, un 6 de julio de 1971, murió en una cama -aseguran que riendo-en Nueva York.

Como con toda figura destacada, se han dicho muchas cosas sobre
Satchmo. Que no fue sino un «chico afortunado» puesto que en Nueva Orleáns había otros grandes trompetistas que lo superaban en destreza técnica, que sus interpretaciones empezaron a declinar a partir de la década del '30 a raíz de un problema en sus labios, que su actitud nacionalista iba en contra de la fraternidad negra internacional. Pero si la última opinión puede ser discutible -si es que tiene sentido seguir con ese tema-, están las grabaciones para demostrar que la historia no se equivocó musicalmente con él y que las críticas sobre su música tienen escaso fundamento.

En todo caso, pasados cien años desde su nacimiento y poco más de 30 desde su muerte, queda bien claro su lugar, junto con
Duke Ellington, John Coltrane, Charlie Parker y Miles Davis, en el panteón de los más grandes músicos de jazz y su significación en el desarrollo de toda la música popular del siglo XX.

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