Lúcidos relatos sobre un mal de nuestra época

Espectáculos

«A nadie le gusta la soledad» de María Fasce. Editorial Emecé. Buenos Aires, 2007. 195 págs.

María Fasce («La felicidad de las mujeres», «La verdad según Virginia») es una escritora que confía en la elocuencia de los actos cotidianos y los gestos silenciosos. A sus personajes se los ve vivir sumergidos en rutinas, siempre fugaces o amenazadas por imprevistos, mientras buscan desesperadamente un lugar de anclaje en el mundo.

Los vínculos familiares y las relaciones de pareja ya no proveen de un marco de contención y esto hace que hombres y mujeres tengan graves dificultades para resolver sus necesidades afectivas. Por lo tanto, no es extraño que la soledad y la insatisfacción sean los dos grandes síntomas de esta época, en la que toda experiencia humana es vivida como algo esencialmente transitorio e inestable.

Doce cuentos integran este volumen y en todos ellos Fasce describe el accionar de sus criaturas con la ligereza y minuciosidad de una cámara de filmación. Pero este gusto por el detalle tiene una interesante contrapartida en el modo con que la escritora tiende a enrarecer la conducta de sus personajes. Aun cuando algunas de sus heroínas se obsesionen con el tema de la maternidad o sigan buscando al amor de su vida, nunca queda claro qué objetivo quieren alcanzar.

Salvo excepciones, los hombres también parecen sujetos a estas preocupaciones «femeninas» -como el protagonista de «Celina» quien decide hacerse cargo de su bebé ante la indiferencia de su esposa- o viven pendientes de los deseos y debilidades de sus mujeres, sin entender de qué va la cosa.

En esta selección de experiencias, Fasce pone en juego distintas estrategias narrativas. Por un lado coquetea con las referencias autobiográficas en «Julia en Saint-Nazaire» (cuento que escribió cuando fue becada por la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs de dicha localidad) y en el encantador «Diario de una madre» que cierra el libro. En otras narraciones, como «El arte de vivir», construye una trama de exquisita complejidad ya sea por la introducción de personajes enigmáticos que ponen a prueba las relaciones maritales de los protagonistas, o por la irrupción de recuerdos que devalúan la realidad presente («Caminatas»).

Los cuentos de «A nadie le gusta la soledad» se leen sin sobresaltos. La tersura de su prosa y los comentarios irónicos que fluyen en todos ellos sostienen la atención del lector y lo guían hacia conflictos, apenas visibles, que él mismo deberá desenterrar.

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