11 de octubre 2004 - 00:00
Mondongo cambia el mundo de Perrault con moderna ironía
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Una de las obras que componen la serie «Esa boca tan grande», en la que Mondongo practica una interpretación muy distinta del clásico cuento infantil de Caperucita Roja.
Sin embargo, los gestos estereotipados y la burda «glotonería» de los personajes llevados al contexto de una galería de arte (dato que remite al estratégico inodoro de Duchamp), en abierta contraposición con las virginales sutilezas de Caperucita y las ambiguas amabilidades de su sensitivo lobo, recuerdan el clima del angustioso film «París, Texas» de Wim Wenders en su escena del «peepshow», cuando el padre extraviado (Harry Dean Stanton) hallaba a su mujer ( Nastassja Kinski).
El nombre del grupo artístico Mondongo hace referencia al popular guiso donde los ingredientes pierden su sabor particular para aglutinarse en un todo. Y, justamente, la peculiaridad de varios de los colectivos que surgieron con la fuerza de las tribus urbanas en estos últimos años, irradiando una energía que logró renovar el ambiente artístico, reside en esa fusión total, en la renuncia absoluta a la autoría individual. Los nombres de los artistas Agustina Picasso, Manuel Mendanha y Juliana Laffitte pasaron al olvido cuando se formó Mondongo, pero la alianza les depara a más gratificaciones que frustración. En primer lugar figura el sentimiento de fraternidad, que como afirman, «suele hacer la vida más llevadera». Luego, aseguran que el trabajo grupal les restó inhibiciones y potenció sus fuerzas individuales. «Nos permitió tener planes más arriesgados, doblar las apuestas permanentemente», coinciden. Y es verdad. El éxito no le fue esquivo a Mondongo. El grupo se formó en Nueva York, ante la obra de Warhol, y sus integrantes supieron soñar como el artista Pop, «con el propósito de hacer un arte popular, fácilmente comprensible para todos», además de «fantasear» con la idea de conquistar una fama equiparable. Luego de realizar los magníficos (aunque irónicos) retratos de los reyes de España y su delfín, al mejor estilo cortesano, Mondongo podría haberse convertido en retratista de personajes mundanos. Pero aquí está, en Buenos Aires, exhibiendo una madurez inesperada, indagando las formas más escabrosas que esconde el deseo.
El catálogo, de excelente factura, reproduce el bajorrelieve del rostro de Caperucita imitando la plastilina, y además contiene un inspirado texto del catedrático de la Universidad de Alicante, Kevin Power, subdirector del Museo Reina Sofía, además de otro no menos interesante del escritor Rodolfo Fogwill.



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