11 de octubre 2004 - 00:00

Mondongo cambia el mundo de Perrault con moderna ironía

Una de las obras que componen la serie «Esa boca tan grande», en la que Mondongo practica una interpretación muy distinta del clásico cuento infantil de Caperucita Roja.
Una de las obras que componen la serie «Esa boca tan grande», en la que Mondongo practica una interpretación muy distinta del clásico cuento infantil de Caperucita Roja.
Jóvenes, desprejuiciados y talentosos, los artistas del colectivo Mondongo inauguraron la semana pasada en la galería Maman «Esa boca tan grande», exposición que marca un cambio de rumbo en una producción hasta ayer dedicada casi con exclusividad a los retratos. En las nuevas obras perdura la mezcla de inocencia, perversión y humor que es la marca registrada del grupo desde 2000, cuando exhibió su primera muestra en el Centro Cultural Recoleta. Pero ahora, esos mismos rasgos (inocencia, perversión y humor) están llevados al límite expresivo.

El mejor ejemplo es la serie de cuadros dedicada a Caperucita Roja, donde la víctima (una niña en la pubertad) y el victimario, el lobo (un elegante personaje vestido de blanco y con máscara de animal), hablan de la complejidad de su relación. La víctima encarna la imagen de la ternura y la fragilidad, mientras su victimario demuestra, con la moderada dulzura de sus gestos, ser susceptible en extremo a la gracia de su sacrificada.

La serie exhibe la contradicción esencial entre una víctima que parece estar buscando su suerte, pues a pesar de su labilidad (o acaso por) se vuelve intolerablemente excitante, y un victimario que resulta ajeno a la brutalidad y no oculta la fascinación y el dominio que Caperucita ejerce sobre él. Las imágenes logran desestabilizarla clara noción del bien y el mal que se desprende del cuento de Perrault; es decir, en este caso el mal reside en la belleza y la debilidad. De este modo, la recreación de Mondongo siembra dudas sobre cuál de los personajes es el más vulnerable.

En el espacio neutro de la galería, el relato se presenta tabicado como una historieta y los cuadros están realizados con plastilina de colores intensos, material utilizado por los niños para modelar, que refuerza el contenido en apariencia candoroso de la serie.

Atrevidos y transgresores, los artistas utilizan como si fuera pintura, espejos, palitos chinos y varios elementos comestibles, como salmón ahumado o fiambre de ciervo (para representar la Casa Blanca de Washington o sus impecables homenajes a Rembrandt y Lucian Freud), materiales que subrayan la condición carnal de algunas obras.

En el piso superior de la galería se exhibe una serie pornográfica realizada con las galletitas que hoy se compran en cualquier supermercado, y que presenta todas las características del cine X: imágenes porno en colores terrosos que recuerdan de inmediato los films en blanco y negro de bajo costo, escenas básicas de sexo explícito presentadas como un menú de fast food.

Sin embargo, los gestos estereotipados y la burda «glotonería» de los personajes llevados al contexto de una galería de arte (dato que remite al estratégico inodoro de
Duchamp), en abierta contraposición con las virginales sutilezas de Caperucita y las ambiguas amabilidades de su sensitivo lobo, recuerdan el clima del angustioso film «París, Texas» de Wim Wenders en su escena del «peepshow», cuando el padre extraviado (Harry Dean Stanton) hallaba a su mujer ( Nastassja Kinski).

El nombre del grupo artístico
Mondongo hace referencia al popular guiso donde los ingredientes pierden su sabor particular para aglutinarse en un todo. Y, justamente, la peculiaridad de varios de los colectivos que surgieron con la fuerza de las tribus urbanas en estos últimos años, irradiando una energía que logró renovar el ambiente artístico, reside en esa fusión total, en la renuncia absoluta a la autoría individual. Los nombres de los artistas Agustina Picasso, Manuel Mendanha y Juliana Laffitte pasaron al olvido cuando se formó Mondongo, pero la alianza les depara a más gratificaciones que frustración. En primer lugar figura el sentimiento de fraternidad, que como afirman, «suele hacer la vida más llevadera». Luego, aseguran que el trabajo grupal les restó inhibiciones y potenció sus fuerzas individuales. «Nos permitió tener planes más arriesgados, doblar las apuestas permanentemente», coinciden. Y es verdad. El éxito no le fue esquivo a Mondongo. El grupo se formó en Nueva York, ante la obra de Warhol, y sus integrantes supieron soñar como el artista Pop, «con el propósito de hacer un arte popular, fácilmente comprensible para todos», además de «fantasear» con la idea de conquistar una fama equiparable. Luego de realizar los magníficos (aunque irónicos) retratos de los reyes de España y su delfín, al mejor estilo cortesano, Mondongo podría haberse convertido en retratista de personajes mundanos. Pero aquí está, en Buenos Aires, exhibiendo una madurez inesperada, indagando las formas más escabrosas que esconde el deseo.

El catálogo, de excelente factura, reproduce el bajorrelieve del rostro de Caperucita imitando la plastilina, y además contiene un inspirado texto del catedrático de la Universidad de Alicante,
Kevin Power, subdirector del Museo Reina Sofía, además de otro no menos interesante del escritor Rodolfo Fogwill.

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