28 de abril 2005 - 00:00

Monti: "No me preocupa reescribir mis obras"

Ricardo Monti: «En los años setenta era casiobligatorio hacerteatro político.Afortunadamente,ésa ya no es unaexigencia para eldramaturgo».
Ricardo Monti: «En los años setenta era casi obligatorio hacer teatro político. Afortunadamente, ésa ya no es una exigencia para el dramaturgo».
Ricardo Monti es uno de los dramaturgos más importantes del país. Aunque sus obras suelen funcionar como metáforas de la realidad argentina, no se lo puede considerar un autor historicista ya que sus planteos dramáticos siempre trascienden lo anécdotico. Así lo prueba la gran difusión que tiene su teatro en el exterior, con títulos como «Marathón» y «Visita», los más representados a nivel mundial.

En diciembre del año pasado, el autor fue invitado por la Universidad de Nueva York para la presentación del libro «Reason obscured: Nine plays of Ricardo Monti» y ya está en tratativas con el director Jorge Lavelli para estrenar en París «Hotel Columbus», traducida al francés por Françoise Thanas. Mientras, en Buenos Aires hay un revival Monti con dos reestrenos: «Una noche con el Señor Magnus & hijos», que subirá a escena el 6 de mayo en el Teatro El Ombligo de la Luna, en versión corregida por el autor y dirigida por Lizzie Waisse en clave operística. El otro estreno, anunciado para septiembre en el Teatro Cervantes, es «Una pasión sudamericana» con dirección de Ana Alvarado y un elenco encabezado por Daniel Fanego.

Periodista:
¿Por qué modificó «El señor Magnus»?

Ricardo Monti: Era una obra que pesaba en mi conciencia autoral, lo mismo que «Historia tendenciosa de la clase media». Cuando las escribí, a principios de los '70, carecía de las armas escénicas suficientes para expresar lo que quería. Vi que algunas situaciones dramáticas quedaban reducidas a meras discusiones ideológicas y decidí modificarlas.


P.:
¿Acostumbra a adaptar las obras que estrena en el extranjero?

R.M.: Sólo pequeños detalles. En «Hotel Columbus», por ejemplo, cambié al General Roca por el Mariscal Pétain para que tuviera mayor resonancia en el público francés, y en vez de citar «La cautiva» de Echeverría y el «Martín Fierro» incluí dos poemas de Víctor Hugo. De todos modos los datos históricos no importan demasiado porque lo que se arma en escena es un invento absoluto, pura representación.


P.: Muchas de sus obras muestran la historia argentina como una farsa cruel y violenta ¿La sigue viendo así?

R.M.: En un momento estuve muy interesado por la historia nacional, especialmente la del siglo XIX, una época muy violenta, de mucha crueldad, sobre todo en la etapa de las guerras civiles. Creo que fue un intento de comprender el destino de nuestro país. Pero no me gusta quedar preso de lo histórico ni que mi teatro sea considerado historicista, porque siempre estuvo enmarcado en una temática más general. Por ejemplo, «Una pasión sudamericana» no hace referencia puntual al gobierno de Rosas por más que aluda al caso Camila O'Gorman. Inclusive procuré trabajar con una iconografía que no fuera la de Rosas, a él lo describo como un mestizo.


P.:
¿Cuál sería entonces el conflicto central?

R.M.: Se da entre la pasión histórica, es decir, la pasión por el poder, y la pasión erótica. La historia de los amantes destruida por el poder es un mito muy arraigado en la historia de nuestra civilización.Yo quería trabajar sobre ese tema desde hacía tiempo y de pronto lo encuentro dentro de nuestra propia historia, entonces lo aproveché ¿para qué tomar mitos ajenos? Pero, por otro lado, me encontré con un problema, tenemos una historia irresuelta. La Argentina es un país que no puede ver el pasado como algo pasado, cada vez que alguien lo toma actualiza una polémica. Eso es lo que sucedió con el estreno de «Una pasión sudamericana», pero no era mi objetivo.


P.:
¿La obra fue leída como una crítica a Rosas?

R.M.: La crítica apuntó únicamente al enfoque historicista y encima estrenamos en un momento muy embromado, fue en el '89 en medio de la hiperinflación. ¡Un desastre! la obra se estrenó en medio de una huelga de colectivos y nunca más se volvió a hacer, salvo por un grupo de estudiantes de teatro de Vicente López que la eligieron como trabajo de graduación y la verdad es que me sorprendieron gratamente.


P.:
Usted se quejó alguna vez de que en los '70 sólo se hacía teatro político.

R.M.: Nadie podía zafar de eso porque en aquel momento todo estaba muy politizado. Era una época de mucha presión, el que no escribía teatro político no existía. Por suerte ahora no es así pero la tendencia se mantuvo hasta hace pocos años. De todos modos mis obras siempre tuvieronalgo más, esta cuestión del teatro dentro del teatro como representación del mundo y la necesidad de que los personajes asuman distintos estilos de representación según la situación que atraviesan. Eso es precisamente lo que ocurre en «El Señor Magnus».


Entrevista de Patricia Espinosa

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