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La vida de Mozart sigue alimentando las más diversas especulaciones, tanto en relación a sus amoríos, sufrimientos y rivalidades como a las causas de su prematura muerte. Como ícono de la cultura popular, su imagen más difundida es la de un artista vital con dotes casi sobrenaturales, capaz de reunir en la misma persona al compositor sublime ( admirado por Haydn y Goethe hasta el delirio) con el hombre rústico y sensual, cuyas obscenidades y bromas de mal gusto (éstas abundan en su correspondencia privada) fueron pulcramente suprimidas por sus exégetas.
Los libros dedicados a su figura ya superan los 20 mil títulos y al cumplirse este año el 250° aniversario de su nacimiento, se sumó a la lista la primera versión en español de «La amante de Mozart» de Gabriella Bianco, editada originalmente en 2002.
Esta doctora en filosofía, ensayista y dramaturga italiana descubrió accidentalmente algunos datos secretos de la vida de Mozart vinculados a su trágica relación amorosa con una de sus alumnas de piano, Magdalena Pokorny, casada con un funcionario de la monarquía austríaca, Franz Hofdemel.
Bianco entrevistó en 1997 a gente muy vinculada con la familia Pokorny de Praga que le suministró material suficiente como para suponer que, tras la muerte de Mozart, Magdalena dio a luz un hijo suyo que sólo vivió hasta los doce años. La bella mujer había logrado sobrevivir al intento de asesinato de su marido, quien luego se suicidó, pero su rostro quedó desfigurado para siempre. La autora aprovecha estos datos para atribuir la muerte de Mozart a los celos de Hofdemel (en su novela éste lo golpea a traición ocasionándole una conmoción cerebral).
Sea cierta o no esta teoría, el hecho es que «La amante de Mozart» carece de intriga, desaprovecha el marco socio-cultural en el que se mueven los protagonistas y vuelve anodinas sus peripecias. En definitiva, termina dando gato por liebre. No se sabe si por temor a alguna represalia legal o por falta de rigor en el manejo de fuentes, la autora ha desdibujado el entorno de su heroína hasta restarle verosimilitud y lo mismo sucede con Mozart, relegado aquí a un modesto segundo plano. Esto da como resultado un folletín ingenuo y plagado de apuntes melodramáticos que por su ingenuidad y falta de audacia también podría ser calificado de anacrónico.
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