20 de octubre 2006 - 00:00

No necesita palabras crudo retrato social

Un elenco de magnífica labor que circula entre el humor y la violencia sostiene las vertiginosas acciones de una pieza que ganaría en intensidad con algo más de síntesis.
Un elenco de magnífica labor que circula entre el humor y la violencia sostiene las vertiginosas acciones de una pieza que ganaría en intensidad con algo más de síntesis.
«Retame Zárate» por la Compañía Buster Keaton. Int.: M.L. Barreiro, M.Cabrol y otros. Dir.: P. Bontá y H. Segura. Vest.: A. Mateo. Ilum.: F. Berreta. (La Tertulia.)

No es un espectáculo de danza, ni de mimo. Sus directores -Pablo Bontá y Héctor Segura- lo definen como «teatro de imagen y de acción corporal». «Retame Zárate» reúne a seis personajes en una suerte de tablero -apenas un cuadrado de seis pasos de lado- que los obliga a entrecruzarse al ritmo frenético de un tic tac. Este aparato es manejado por una observadora de rostro impasible que se ocupa de activar las evoluciones de los protagonistas.

Son cuatro mujeres y dos hombres en ropa interior que se visten en escena para encarnar diversos estereotipos: una pareja de cirujas, dos colegialas algo perversas, un hombre de negocios y una solterona rígida y estructurada. Obviamente estos roles dependen de las imágenes internas que puedan despertar en cada espectador, ya que la obra carece de texto.

Con diez años de trayectoria y ocho montajes en su haber la Compañía Buster Keaton dejó atrás las alegres piezas mudas de sus comienzos («La liturgia de las horas», «Imaginario, Laboratorio de colores») para adentrarse en situaciones mucho más oscuras y conflictivas que implican un creciente coqueteo con la violencia, tal como se vio en su anterior espectáculo, «Los cuatro cubos» de Fernando Arrabal y que ahora se acentúa en «Retame Zárate», cuyo montaje es producto de un intensivo trabajo con los actores, en base a algunos textos de Italo Calvino y de Samuel Beckett que actuaron como disparadores de imágenes y situaciones.

A primera vista, los movimientos de los intérpretes sugieren el agitado trajín de un contexto urbano, pero ese accionar repetitivo también denuncia la alienación de quienes ya no son dueños de sí mismos, como si una mano anónima digitara sus vidas desde afuera. Cada encuentro entre dos o más personajes da lugar a los más variados incidentes y conflictos, algunos muy perturbadores como el que protagonizan las dos colegialas con el hombre de traje. Lo que en un principio emerge como atracción sexual de repente se transforma en ansia devoradora. Con una mayor síntesis, el espectáculo ganaría en intensidad, ya que promediando la segunda mitad algunas situaciones se reiteran innecesariamente.

En este crudo retrato social, dominado por la ley de selva, todos son víctimas y victimarios. Aún así el espectáculo conserva cierta dinámica de juego gracias al magnífico desempeño de todo el elenco, que con sus buenos recursos expresivos circula entre el humor y la violencia con inquietante naturalidad.

Dejá tu comentario

Te puede interesar