19 de septiembre 2001 - 00:00

Ovacionó a Liliana Felipe un público incondicional

Liliana Felipe.
Liliana Felipe.
La cordobesa Liliana Felipe es una rareza dentro del panorama de la música popular argentina. Aunque, por el tiempo que lleva residiendo en México, donde desarrolló su carrera, debería considerársela una artista de ese origen.

El núcleo central de su espectáculo -más allá de que dice algunos textos e interactúa con el público-está en las canciones. Pero su manera de componer, fundamentalmente desde las letras, y de presentar esos temas rompe con toda ortodoxia.

Siempre al borde de lo escatológico, critica a las instituciones militares y religiosas desde una postura más visceral que ideológica; prefiere hablar del desamor, o del mal amor, que de los buenos encuentros; juega con las palabras como si fueran sonidos, se burla de casi todo (de la Iglesia, de la pacatería, de algunos tangos tradicionales, y hasta de sí misma y de su dolor); hace gala de su homosexualidad (incluso muestra el video de su casamiento con la directora y actriz mexicana Jesusa Rodríguez); homenajea a su hermana desaparecida; muestra su atracción por los mercados de abasto en un par de títulos (su padre tenía un puesto en el mercado de su Córdoba natal); provoca permanentemente. No parece casual, entonces, que confiese un «click de amor» con Fernando Peña, a quien conoció estos días y estuvo presente en la sala. Coinciden, por cierto, en una postura para la que no hay una sola cosa «establecida» que no admita al menos el sarcasmo.

En lo musical, es mucho más clásica. Pasa del tango a la europea al danzón. A veces, sus melodías y sus armonías rompen con los moldes más tradicionales, aunque nunca logra irritar desde ese lugar. Canta maravillosamente, acompañándose con su piano, con un bandoneonista invitado, o con una pista grabada. Y en este caso invitó, para sendos dúos, a la actriz Alejandra Fletchner y a su pareja Jesusa Rodríguez. Y exhibe toda su capacidad de seducción y sus herramientas teatrales para conquistar en todo momento a la platea.

No todo lo que hace tiene el mismo interés. Su exceso de palabras soeces, su mensaje directo -que prefiere evitar las metáforas-, su apelación permanente a lo sexual autorreferencial, la coloca muchas veces en un lugar peligroso. Aunque, por supuesto, ésa es materia discutible. Sin duda, la mayoría del público que fue a verla y la ovacionó en esta única actuación, le cuestiona muy poco; y así lo demostró con una incondicionalidad anterior, seguramente, a que comenzara su espectáculo.

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