8 de mayo 2003 - 00:00

Parece una de acción, pero ofrece mucho más

Tommy Lee Jones y Benicio del Toro
Tommy Lee Jones y Benicio del Toro
«La cacería» («The Hunted», EE.UU., 2003. habl. en inglés). Dir.: W. Friedkin. Int.: T. Lee Jones, B. Del Toro, C. Nielsen, L. Stefanson, J. Zuñiga, J. Finn.

T res décadas atrás cualquier cosa filmada por William Friedkin era recibida como una obra profunda, seria, obviamente mucho mejor filmada que cualquier otra produccion hollywoodense. Ahora, una pequeña obra maestra de Friedkin, «La caceria», fue recibida por gran parte de la crítica internacional como una especie de variación de «Rambo».

Quien ama el cine, podría partir de referencias más sutiles como «Deliverance» o «Infierno en el Pacífico» de John Boorman, «Southern Comfort» de Walter Hill, o una media docena de películas de samurais inteligentemente adaptadas a este duelo occidental y contemporáneo donde no hay héroes, sólo villanos.

«La caceria»
, curiosamente empieza con un electrizante recitado de una canción de Bob Dylan («Dios le dijo a Abraham, mata a tu hijo...»). La voz de Johnny Cash convertido en un profeta apocalíptico es lo último que uno podría esperar de un film vendido como de acción, con Tommy Lee Jones persiguiendo a Benicio del Toro, un asesino serial que él mismo entrenó cuando trabajaba como adiestrador de tropas especiales.

La idea de la guerra de Friedkin es tan pesadillesca que por momentos el espectador podría pensar que no está ante un thriller realista, sino una secuela de «El exorcista». Pero pronto la película se normaliza, y el equilibrado, ecológico y totalmente normal Tommy Lee Jones empieza a perseguir a su discípulo desquiciado Del Toro por bosques, ciudades, ríos, y todo tipo de paisaje posible (sin evitar que su demente mejor alumno deje un rastro sangriento por todos lados).

Ninguno de los dos personajes protagónicos necesita armas de fuego. Es más, cuando se quedan sin un cuchillo, se las ingenian para fabricarse uno con los elementos que tengan a mano, aun si tienen que fundir un metal o afilar una roca. Obviamente la locura de esta cacería está tan cargada de simbolismos profundos como casi nunca en la carrera de Friedkin, sólo que, ya sin el peso de cineasta importante, el director de «Contacto en Francia» pudo contar esta electrizante metáfora sobre las contradicciones del género humano con una sutileza digna de los grandes maestros -con detalles visuales dignos de Kurasawa o Robert Bresson-y sin agregar una sola subtrama intrascedente, sin demorar el relato por nada que no importe, sin agregar un sólo dialogo que vuelva redundante lo que muestran las imágenes.

Técnicamente, la película se acerca a la eficacia formal del cine oriental; sólo así Friedkin puede lograr que sean verosímiles las matanzas con arma blanca de Benicio del Toro (en un trabajo actoral sorprendente). Luego de dos décadas de films medianos, reencontrarse con el mejor Friedkin, es un placer, aún con un tema tan terrible y con un formato tan sutil como para que pueda ser percibido por algunos como un film de acción todavía menos inteligente que una de Stallone.

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