7 de junio 2004 - 00:00

Preocupante desinterés por arte argentino en subastas

Obra histórica de los ’60 de Ernesto Deira que Sotheby’s acaba de vender en apenas 25.200 dólares, muy lejos de las cifras alcanzadas por el arte argentino en los años noventa.
Obra histórica de los ’60 de Ernesto Deira que Sotheby’s acaba de vender en apenas 25.200 dólares, muy lejos de las cifras alcanzadas por el arte argentino en los años noventa.
Aunque Buenos Aires siga siendo el lugar elegido para convertirse en el centro del mercado del arte del sur del continente, las estrategias que se vienen implementado, desde hace más de una década, en el sector privado, languidecen por el desarticulado apoyo del sector público y las distorsiones en los precios producidas por el sacudón de la crisis.

Durante los años 90 algunas pinturas cumbre de Antonio Berni, con el entusiasmo de un coleccionismo próspero, llegaron a venderse tanto en Argentina como en los remates internacionales en más de medio millón de dólares («Desocupados», 800.000 dólares, «Emigrantes», 520.000, «La difunta Correa», 500.000).

En esa década se implementó la ley de Libre Circulación del Arte (que hoy no se cumple), se redujo el 50% del IVA a la importación del arte (que tampoco se cumple), y las firmas «Christie's» y «Sotheby's» entablaron negociaciones para instalar sus rematadoras en Buenos Aires. Entretanto, las cotizaciones de los grandes maestros del arte argentino como Xul Solar o Pettoruti (que aún están retrasadas si se cotejan con las de los mexicanos, uruguayos y brasileños) escalaban posiciones, y a ellos les siguieron artistas de la década del 60 como Rómulo Macció, Luis Felipe Noé o Jorge de la Vega, cuyas pinturas se pagaban alrededor de 200.000 dólares.

Pero, en los últimos días del mes pasado, durante la subasta de arte latinoamericano de «Sotheby's» los argentinos desaparecieron del mapa. Las únicas excepciones fueron un cuadro de Ernesto Deira pintado en 1963, que se vendió en escasos 25.200 dólares, y una escultura de Alicia Penalba, que tenía una base de 20.000 y subió a 50.000. En un mercado cada vez más planetario, para bien y para mal, las operaciones locales tienen su correlato en el extranjero y viceversa. Así, la ausencia de compradores tradicionales del arte de vanguardia como Amalia Fortabat, Eduardo Costantini y Carlos Pedro Blaquier, se advierte hoy en Buenos Aires como en Nueva York. Y al silencio actual de los pagadores de precios récords, se suma la repercusión de la crisis.

• Remates

2002 y 2003 fueron los años de las subastadoras locales, enclaves donde el arte cambió de manos al mismo ritmo acelerado que se esfumaba el dinero. Los nuevos pobres agotaron su stock y los nuevos ricos, entre ellos muchos argentinos residentes en el exterior beneficiados con la devaluación, se dieron el gusto de comprar un cuadro de firma, para no hablar de los extranjeros que llegaron para llevarse todo por un peso.

Ahora, aunque todavía existen algunas «ofertas», el mercado tiende a nivelarse. Pero episodios recientes, como la carta documento que envió a una subastadora porteña el presidente de la Fundación Pettoruti,
Tomás Díaz Varela, y el cuestionamiento sobre una obra atribuida a Joaquín Torres García de Cecilia Torres, nuera y galerista del maestro uruguayo, sembraron dudas sobre la autenticidad y la calidad de las gangas que se venden como pan caliente a precio de remate. «Mientras los galeristas brindan seguridades y se hacen responsables de la autenticidad de las obras, hay subastas en las que no se cumple ese requisito», aseguró un directivo de la Fundación arteBA.

Por otra parte, los galeristas observan que el aporte estatal define, en los países del mundo desarrollado, aún en aquellos donde se aplican políticas de libre mercado, los precios de las obras de sus artistas, porque los museos e instituciones culturales compran sus obras.

En Argentina, los escasos presupuestos de la Secretaría de Cultura y la Cancillería, desalientan cualquier aspiración de que el gobierno coopere con el sostén, la difusión y proyección internacional de nuestro arte. Pero no todas las falencias se pueden atribuir a la falta de dinero, porque las sumas que algunos funcionarios de estos organismos gastan en viajes, viáticos y exposiciones intrascendentes (que revelan la ausencia de un plan cultural que justifique los sueldos que cobran), sobraría para apoyar nuestro arte.

«Nadie reclama ayuda económica en tiempos de crisis, pero cuando presentamos a nuestros artistas en muestras, bienales o ferias del exterior, las sedes de nuestros consulados podrían servir al menos para ofrecer un cocktail y así estrechar relaciones y favorecer contactos»,
dijo la galerista Orly Benzacar.

Se debe tener en cuenta que las galerías que trabajan con artistas jóvenes, con el objetivo de brindarles visibilidad, pagan cifras que en las ferias internacionales alcanzan los 30.000 dólares, cifra que con obras que rondan los 2000 es casi imposible recuperar. En suma, mientras algunos se rasgan las vestiduras por las carencias presupuestarias, otros consideran que el gasto público necesita una urgente revisión. Es imprescindible controlar que el dinero del Estado se distribuya democráticamente, en iniciativas que trasciendan los anhelos personales de los funcionarios y sirvan a la comunidad. Exclusivamente.

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