¿Quieres ser Costa-Gavras?

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«Sendero de sangre» («The Dancer Upstairs», EE.UU.-España, 2002; habl. en inglés y quechua). Dir.: J. Malkovich. Int.: J. Bardem, L. Morante, L. D. Botto, E. Mínguez y otros.

L os caminos de la creación son misteriosos. John Malkovich tal vez deseaba, secretamente, debutar como director con un melodrama romántico al estilo de la «Pasión otoñal» de Douglas Sirk, pero le encargaron una película sobre guerrilla. Semejante colisión de proyectos habría confundido a cualquiera. Hacía falta, ahora, que vistiera otra piel: «¿Quieres ser Costa-Gavras?».

El resultado (era inevitable) es esta película mestiza sobre un policía que ama demasiado, un líder terrorista que adora la música de Nina Simone, y una profesora de ballet que renunciará al hombre que la conmueve en aras de sus más altos ideales libertarios, papel por el que hubiera muerto Barbara Stanwyck.

El guión de
«Sendero de sangre», que en su original se llama «The dancer upstairs» («La bailarina de arriba»), fue escrito por Shakespeare. Por Shakespeare, Nicholas, un novelista inglés que siente, como otros muchos de su generación, una atracción irreprimible por el color local sudamericano y, sobre todo, por el ruido y la violencia de ese color, «un sonido y una furia que nada significan», como escribió su compatriota Shakespeare, William, en «Macbeth».

El libro es una versión libre, casi libertina, de la captura del cabecilla de Sendero Luminoso,
Abimael Guzmán, que en la película se llama Ezequiel Durán, y que además de adorar a Nina Simone lee a Kant, sufre de psoriaris, fuma únicamente Camels y provoca un raro culto entre sus adeptos, que salen a las calles de Lima (filmada en Ecuador) a poner bombas y ahorcar perros para exhibirlos en lo alto de los postes callejeros, simbología china que advierte el fin de los tiempos de los tiranos.

Encontrar y encarcelar a ese hombre, que se autotitula la «cuarta llama del comunismo», será tarea de
Javier Bardem, a quien nunca amó tanto otra cámara como la de Malkovich. Bardem, apellidado simbólicamente «Rejas» en la película -metáfora que no se entiende en Estados Unidos, porque el film está hablado en inglés y quechua-, es un brillante y honesto abogado que, desencantado por la corrupción que reina en su medio, decide cambiar de oficio: se hace policía. Es uno más entre los varios renunciamientos del libro de Shakespeare, Nicholas. Otro es el de la mujer de Rejas, que renuncia a hacerse la cirujía plástica de nariz que tanto la aflige.

El tercer renunciamiento es el de la heroína del film,Yolanda, la «bailarina de arriba» (interpretada por la bellísima italiana
Laura Morante), profesora de danzas de la hija de Rejas. Entre el futuro capturador y la solitaria y esplendorosa ballerina (a quien, sin embargo, la cámara de Malkovich no ama tanto como a Bardem) se incuba una pasión tan clandestina como la cueva del guerrillero, y tan prohibida como la que desgarró a Trevor Howard y a Celia Johnson en «Lo que no fue». O quizá peor: ella no tiene ataduras, y si bien él sostiene un hogar con una esposa sólo preocupada por el tamaño de su nariz, sobre sus espaldas carga con el peso de liberar secretamente a su país del terror y de evitar a la vez un golpe militar.

No parece probable que en el historial del cine político se inscriba, junto al de
Costa-Gravas, el nombre de John Malkovich (aunque «Sendero de sangre» cite de manera explícita, y hasta funcional, la película «Estado de sitio»). Pero, y por razones no buscadas por sus productores, esta disparatada gema kitsch no ha de ser olvidada del todo. A Molina, el prisionero de «El beso de la mujer araña» de Manuel Puig, le habría encantado contársela a su compañero de celda Valentín.

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