20 de septiembre 2001 - 00:00
"Requiem": el hombre del brazo de cuarzo
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Jared Leto.
Una y otro comparten los mismos deseos de satisfacción, con la diferencia de que la inocencia de la madre aún arrastra la corrupción de un sueño; para alcanzarlo, también se entrega al frenesí de la pérdida de peso: tiene que ajustarse al único vestigio auténtico que le queda del pasado, un viejo vestido rojo, sin el cual su presencia en la televisión sería indigna de la utopía; en consecuencia, cede también a lo que aparentemente más odia, el consumo de anfetaminas.
La corrupción del hijo, en cambio, sólo crece y se agiganta en su brazo lacerado y en la progresiva resignación de orgullo y dignidad. La novia (Jennifer Connelly), enviada por él a prostituirse por droga, no es más que un personaje satélite de su propio aniquilamiento, al igual que el amigo negro con el que comparte consumo y negocio ( Marlon Wayans), y cuyo final es más desgarrador aunque menos efectista. Mientras tanto, en las imágenes, prosigue el mismo ritmo, la misma cuerda, el ilusorio crescendo que nunca despega del punto de partida, repetido una y otra vez: el ojo dilatado, la punta de la jeringa, la pantalla dividida, la imposición del objeto sobre el sujeto, el slide-show de la muerte.
Esta parece ser la única compasión posible en el cine de la nueva generación: no es la mirada del autor que se distancia de sus persona-jes para establecer, mediante el relato, algún tipo de moral redentora o condenatoria. «Requiem para un sueño» está a la par de sus criaturas al despreocuparse de cualquier otra mira-da que no sea la de recrear obsesivamente, con sus mismos materiales, la sustancia de su corrupción. Y, en estos tiempos, los materiales son otros: el hombre del brazo de oro fue desplazado por el hombre del brazo de cuarzo, un sím-bolo de la edad digital. Mucho más frío y desesperanzado.



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