"Se publica tanta autoayuda porque no hay una que sirva"

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A l canadiense Will Ferguson se le ocurrió imaginar que pasaría si un libro de autoayuda hacía que la gente dejara de fumar, de beber alcohol, de leer y se dedicaba sólo a su salud y bienestar. Así surgió su satírica novela «Felicidad» (Emecé), ya traducida a una docena de idiomas con notable éxito. En su breve visita a Buenos Aires, dialogamos con él.

Periodista:
¿Cómo logró que le publiquen un libro contra las editoriales, las obras de autoayuda y la new age?

Will Ferguson: Muchos editores se divierten con mi ataque. Me sorprende no se haya hecho antes, es un tema obvio. Se publican muchas obras de autoayuda porque no funcionan. Es fascinante que tengan éxito aunque no se vendan. Ofrecen una promesa de mejora y nuestro instinto nos hace engancharnos con esa mínima posibilidad. Es como comprar un billete de lotería: uno sabe que no va a ganar, pero..., lo mismo pasa con la autoayuda.


P.:
¿Cómo se le ocurrió su novela «Felicidad»?

W.F.: Un perro que corre tras un auto no piensa que hará cuando lo agarre. Del mismo modo, nosotros perseguimos la felicidad, pero ¿qué pasa si la alcanzamos? De eso trata mi novela, del optimismo ingenuo de creer que se pueden solucionar hasta los problemas que no se pueden solucionar, y que se puede ser lo que se quiera. La autoayuda empaqueta la felicidad y la vuelve un producto. Si un autor de autoayuda adaptara «Esperando a Godot», Godot aparecería en el primer acto. Aunque Beckett es imposible para Hollywood todo puede suceder: mi libro tuvo allí un intento de adaptación.


•Hollywood mi enemigo

P.: ¿De que modo llega su novela a Hollywood?

W.F.: Mi agente la vendió a un productor y fui a Los Angeles a firmar el contrato. Se que allí son todos siniestros, pero, al entre a una oficina y ver pasar estrellas, me volví cholulo. El tipo me dice: ¿qué tal si el protagonista lo hace Nicholas Cage? Casi me desmayo. Firmé entusiasmado. Fue un pacto con el diablo. El contrato otorga un año para armar el proyecto, conseguir guionista y elenco. Cuando leí el guión mi crítica de la felicidad programada venia con happy end: el protagonista está en una playa al atardecer y la chica corre a su encuentro. Era horrible, estaba desesperado. Llamé al productor: no me gusta el final, quiero cambiarlo. Demasiado tarde, me contesta, e imaginé que le crecían los cuernos. Como los viejos payasos, Hollywood no deja de repetir sus rutinas.


P.:
¿Pudo parar la película?
W.F.: Por suerte no pudieron armar el proyecto. Normalmente los autores se pasan diciendo: ojalá hagan mi película, yo vivía diciendo: ojalá no la hagan. Cuando expiró el plazo, pidieron prórroga. Les dije: no, con alivio, y los derechos volvieron a mi.Ahora firmé con la rama cine de la BBC de Londres. El mayor suceso de «Felicidad» fue en Gran Bretaña. Un guionista ya está trabajando. Lo llamé y le dije: no vas a poner un final feliz, no? Estás loco, me respondió, ni a un guionista americano se le ocurriría eso. Lancé una carcajada: ya lo hicieron. Leí parte del nuevo guión, ese guionista británico está haciendo una adaptación muy buena.

P.:
¿Cuándo saldrá la película?

W.F.: En eso tengo muy poco que ver. Están en la preproducción.


P.:
Sus obras anteriores fueron de no ficción.

W.F.: Antes de «Felicidad», escribí ensayos socio-políticos y libros de viajes. Los viajes me sirven para escapar de Canadá, donde tengo fama de niño terrible. El gobierno de Quebec me anotó como opositor porque me burlo de los separatistas y sus argumentos ridículos. Me fui a Estados Unidos y escribí «Felicidad». Ahora, que me gusta Buenos Aires, acaso escriba una novela sobre este lugar, acá sobran argumentos para un humorista.


•Chistes espontáneos

P.: ¿Cómo aparece el humor cuando escribe?

W.F.: Para mí la vida es absurda. Por TV hay gente que, sin esbozar una sonrisa, dice las cosas más increíbles. Mi padre, un profesor de filosofía fracasado, corrigiendo un refrán, decía: en tierra de ciegos, el tuerto está loco. No soy tan cínico como él, para mi el tuerto hace sátira. Yo no planifico los chistes, surgen al escribir. Si uno intenta organizar el humor, no sale. Mi mayor esfuerzo es en la historia, el desarrollo de los personajes, los momentos de suspenso.


P.:
¿Su humor es pariente del de Nick Hornby?

W.F.: Espero que me haya influenciado. Como el genial Stephen Leacock, aún no traducido al castellano aunque sea el Mark Twain canadiense, o el americano Dave Barry, columnista de «Miami Herald». Me siento pariente de los escritores ingleses, los canadienses me parecen muy serios, nórdicos y deprimentes. Acaso esto se deba a que, si bien soy canadiense, mi madre era irlandesa y me padre escocés, y el humor me anda por la sangre.


P.:
¿Qué es «Hokkaido Highway Blues»?

W.F.: Mi libro sobre Japón. Lo recorrí en primavera de sur a norte haciendo dedo, siguiendo por rutas secundarias el florecimiento de los cerezos, una oleada de flores que va avanzando por el país. Así escribí «El blues de la ruta del Hokkaido», un libro poético. El asunto fue que, como era un autor extranjero, y en cada lugar celebran la Fiesta de los Cerezos, y yo era el invitado, viajé borracho. Intentando descifrar mis apuntes se me ocurrió que el titulo debía ser «Cómo atravesar Japón con resaca»; mi editor se opuso.


P.:
¿Escribe poesía?

W.F.: A los 19 años, hace 20, fui a Ecuador por un intercambio estudiantil. Me tocó intercambiar con Nicolás, un muchacho de Quito, de un familia de millonarios. Nicolás era comunista y cantaba canciones de protesta tipo «mi pueblo es pequeño, no tenemos pan». Mientras eso cantaba el hijo de millonarios, yo, que venía de pueblo chico y familia pobre, escribía poemas desesperadamente eróticos y era absolutamente apolítico. Un día decidimos hacer una canción juntos, como si fuéramos Simon y Garfunkel. La teoría de la gestalt dice que el todo es más que las partes combinadas; nuestras canciones eran antigestálticas: el todo era peor que las partes. La canción decía: tus pechos se levantan/ como trabajadores que se unen en una causa común (risas). Un espanto.Allí finalizó mi carrera como poeta.

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