28 de abril 2005 - 00:00

Sensible e inteligente debut de una directora

«Hermanas» es un trabajo sólido (buen relato, buen elenco, cuidada realización), que marca el debut de Julia Solomonoff en la dirección.
«Hermanas» es un trabajo sólido (buen relato, buen elenco, cuidada realización), que marca el debut de Julia Solomonoff en la dirección.
Promediando «Historias mínimas», cuando el viejo ya anda por la ruta, una muchacha rubia, de linda sonrisa, lo lleva unos kilómetros, lo escucha y atiende sus males, y le comenta como de pasada su ilusión de aplicar acá lo que le enseñaron en la universidad, antes de resignarse a emigrar hacia otras tierras donde pueda concretar un futuro mejor.

Esa rubia, candidata a algunos premios por su actuación, se llama Julia Solomonoff, y no es actriz, sino asistente de dirección, de «Historias mínimas», «Diarios de motocicleta», y muchas otras películas bien hechas. Hace tiempo que en el ambiente la consideran entre las mejores de la especialidad. Y también hace tiempo que, de vuelta de otras tierras, se esperaba su debut como realizadora. Ahora, al fin, presenta su primera película. Un trabajo sólido, buen relato, buena mano, buen elenco, cada cosa debidamente cuidada y en su sitio, como debe ser. Y, sobre todo, con un par de sugerencias que, sin decir nada, deja picando, acerca de las obligaciones familiares y las heridas generacionales.

Esta es la historia. Corre 1984, y la hermana menor, residente en España, llega por unos días a la casa de la mayor, que acaba de instalarse en EE.UU. con su familia. Sobre la mesa, estarán los originales reencontrados de una novela del padre. Pero falta el último capítulo. Y el hombre siempre empezaba a escribir por el último capítulo.

Vemos entonces un reencuentro familiar en un lugar impecable, pero asediado por unos malos recuerdos que casi nadie menciona abiertamente, y que alguna vez tendrán que dejar aflorar aunque les duela. Y se van a tirar con flores que da gusto, lo cual es lógico y acaso necesario. Pesan mucho las heridas de un trágico amor adolescente, el fracaso de las fantasías setentistas, y el agobio de quienes debieron velar por la inmadurez ajena, y pagar con culpas la propia inocencia.

Sobre esto cada uno puede hacer las lecturas políticas que considere. O pasar a otra instancia. En el fondo, que es lo que más permanece, ésta es una muy señalable ilustración argentina de cómo por amor, por buena intención, en cualquier época se pueden causar tremendos daños, y cómo, también por amor, alguien puede sobrevivir a sus propios errores, considerar piadosamente los defectos ajenos, y seguir adelante. Algo forzada, esa parte, pero por ahí va la moraleja, y el modo en que Solomonoff cuenta todo esto es realmente válido.

Solo un detalle. Hay una escena con Eusebio Poncela que podría eliminarse, porque está medio fuera de tono y además grafica algo que ya se había dicho. ¿Pero cómo privarnos de Poncela haciendo de malo? Es un maestro. Elogios, también, para la fotografía que alterna entre tipo publicidad de los '80 y tipo película nacional de los '70, según dónde y cuándo se ambiente el relato.

Dejá tu comentario

Te puede interesar