3 de agosto 2000 - 00:00
"SOLAS"
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Lo que tiene es un tema y unos personajes que a cualquier espectador le tocan bien de cerca, y que están tratados con el respeto y la hondura que se merecen. Un autor de origen campesino, Benito Zambrano, que sabe en carne propia lo que es sufrir y ha estudiado debidamente cómo expresar-lo. Unos intérpretes exactos, que parecen nacidos para esos personajes y se entregaron a ellos sostenidos en la pasión, la piedad y la excelencia de los textos. Un montajista, Fernando Pardo, maestro de Zambrano en San Antonio de los Baños, que supo apretar la historia, tensarla en un crescendo sin desmayos. Una fotografía sin ostentaciones, pero bien expresiva, que empieza como la película, en lo oscuro, y termina, igual que la película, llena de luz, purificando en lágrimas al espectador.
Doble mérito para la obra, en este último caso, porque todo termina lleno de luz, y no es precisamente un final feliz. ¿Esperanzado, acaso? ¿De leve consuelo? ¿Un poco irreal? Si hay gente como la que muestra este drama -y cualquiera conoce gente como ésa, incluso en su propia familia-, ¿por qué no puede haber finales hermosos como éste? Lo antecede un diálogo un poquito teatral, no porque la gente se grite (aquí no hay gritos), sino por la altura y la nobleza que puede descubrirse también en esa gente, y en sus palabras.
Premios Goya, también, al director debutante y el guión, a la actriz secundante, María Galiana; a la actriz debutante, Ana Fernández, y al actor debutante, el viejo Carlos Alvarez Novoa, que venía de hacer «El príncipe azul», dirigido por Omar Grasso, en el teatro. Lástima el lanzamiento de la película, hecho como con desgano, de apuro, casi en silencio, como si fuera mala.



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