19 de septiembre 2003 - 00:00

Sólo autos llamativos y chicas de almanaque

«+Rápido +furioso» (2 Fast 2 Furious, EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.: J. Singleton. Int.: P. Walker, Tyrese, E. Mendes, C. Hauser, J. Remar, D. Aoki.

Igual que el primer film, la segunda «Rápido y furioso» es más lenta de lo que sugiere el título. Entre tantos espacios muertos, por lo menos el director John Singleton no parece tomarse el asunto demasiado en serio. Sólo que tampoco aporta la ironía necesaria para llevar la auto-parodia más allá de los límites de un exagerado peinado afro.

Hace 50 años, si un estudio se atrevía a producir un film con delincuentes juveniles, el protagonista era un supuesto chico malo que en realidad trabajaba como soplón de la policía (como «La escuela del vicio» de Jack Arnold, donde los autos preparados para picadas guardaban cannabis en las ruedas). A pesar de tanta road movie contracultural, intelectual e incluso metafísica de las décadas siguientes, la exitosa «Rápido y furioso» retrocedía 50 años, regresando a la misma fórmula que presenta carismáticos conductores salvajes para luego revelar su identidad de policías infiltrados.

Como para redondear el estilo impresentable de MTV latino, la mitad de los personajes dicen toda clase de malas palabras en español -generalmente con un acento un poco raro-. La riqueza de este lenguaje profano es mucho mayor que la poco ingeniosa puesta en escena de las carreras, que por momentos parecen filmadas por una segunda unidad en piloto automático.

Lo más creativo es el argumento: si la policía quiere atrapar a un narco argentino que vive en Miami, la mejor estrategia es infiltrar soplones como conductores de carreras de autos clandestinos. Hay todo tipo de autos alucinantes, filmados con un poco más de morbo que las chicas que adornan numerosas escenas, con actitud mecánica buena parte de ellas. Aún aceptando que esos travellings hacia un short apretado nunca superará la perfección estética de un viejo almanaque de gomería, este aspecto del film al menos prescinde de los gratuitos efectos digitales que arruinan buena parte de las escenas de acción y carreras motorizadas.

En este género, un presupuesto de 70 millones de dólares no ayuda mucho, y en este caso sólo sirve para pasteurizar a niveles imperdonables varias escenas que hubieran lucido mucho mejor con el tratamiento barato, realista y contundente de tantas películas clase B de autos filmadas en el siglo pasado por cineastas jovenes como Ron Howard y Steven Spielberg.

Resulta casi doloroso que un cineasta comprometido y talentoso como
John Singleton haya descendido a este nivel, aunque al menos su decadencia creativa está suavizada por un sorprendente dato financiero: hasta el momento, éste es el film más taquillero realizado por un cineasta negro.

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