19 de mayo 2003 - 00:00

Sólo Tosca cantó bien, el resto muy mediocre

Sólo Tosca cantó bien, el resto muy mediocre
A 103 años de su estreno, «Tosca» mantiene frescos sus ingredientes teatrales que involucran el terror, la intriga, el totalitarismo y la tortura; sin embargo, no carece de poesía, de vitalidad y colorido. Estos elementos se fundamentan desde el melodismo y la moderna instrumentación del gran Giacomo Puccini. Porque si la labor actoral de los cantantes es pobre, si no hay nervio para dar tensión a la acción, la música viene en socorro de estas falencias, y la ópera no pierde su fascinante atractivo.

Esto pasó en la función inaugural, donde la Orquesta Estable del Teatro Colón y el director Mario Perusso honraron la maravillosa partitura con respeto reverencial y momentos que llegaron a lo sublime; ni los violoncellos en el tercer acto, dispuestos a romper la magia con sus desafinaciones, pudieron opacar una labor merecedora de elogios.

La imponente escenografía e iluminación de Roberto Oswald, dentro de la que se mueven los personajes elegantemente vestidos por Aníbal Lápiz, tampoco merecían que los protagónicos no se contagiaran de ese portentoso ámbito como para aportar dotes dramáticas básicas y dar realce a la función, como sucede en la sobrecogedora escena del «Te Deum» gracias al aporte de los coros.

La soprano rusa Olga Romanko, si bien domina el protagónico desde lo vocal, dio un perfil estereotipado y elemental, sin aportar más que un conocimiento evidente de la partitura pero sin rubricarla con una acción teatral convincente.

Por su parte, el tenor Daniel Muñoz mereció una indiferente reacción del público ante su descafeinada «Recóndita armonía» y anodina «E lucevan le stelle», que generalmente, aunque salga medianamente bien se aplaude, y aquí mereció un sepulcral silencio. Su técnica de canto es anticuada y sus nulas condiciones actorales contribuyeron a la parca reacción.

Con todo lo que admiramos la trayectoria de Luis Gaeta, a su Scarpia le faltó peso en la voz, y su congelada actuación desdibujó la maldad y el despotismo de su personaje.

Acertado
Carlos Esquivel como el prófugo Angelotti y Juan Barrile como el Sacristán. Los esbirros de Scarpia trataron sus graves asuntos como un trámite corriente, más some-tidos que cómplices.

Con todo y a pesar de los detalles señaladas, gracias a la música y a la belleza visual, esta
«Tosca» es un espectáculo digno, que puede mejorar en sucesivas representaciones, si los cantantes se adueñan de sus personajes, le pierden el miedo y alcanzan la dimensión melódica y poética que están desperdiciando.

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