12 de mayo 2005 - 00:00

Suntuoso espectáculo de taoísmo mágico

«La casa de las dagas voladoras» pone más su acento en lo coreográfico y lo cromáticoque en lo específicamente cinematográfico.
«La casa de las dagas voladoras» pone más su acento en lo coreográfico y lo cromático que en lo específicamente cinematográfico.
«La casa de las dagas voladoras» («Shi mian mai fu», China-Hong Kong, 2004; habl. en mandarín). Dir.: Zhang Yimou. Int.: T. Kaneshiro, A. Lau, Z. Zang, D. Song y otros.

"La casa de las dagas voladoras" pertenece a ese subgénero más o menos novedoso al que podría denominarse, siguiendo a García Márquez, el taoísmo mágico. Ni falta hace decir que los norteamericanos enloquecen por él como antes enloquecieron, en literatura, por el realismo mágico: guerreros que pelean en el aire, como criaturas aladas, sobre paisajes perfectos; otoños que mutan en inviernos crudos, semillas que rebotan sobre parches de percusión con el ruido del trueno; dagas, cuchillos y cañas con vida propia, muchas veces en tomas subjetivas, obedientes o no a la dirección que se les imprima al ser lanzadas; muertos que reviven, sangre que brota a borbotones.

Todo es hermoso y posible, y nadie se pregunta, como en los años en los que Fred Astaire bailaba sobre el techo de «Boda real» ante el asombro del público, cómo se logró tal o cual escena: la digitalización de hoy borra con cualquier tipo de incógnita técnica (entre muchos otros borramientos) y le dice, en rigor le ordena al espectador desde el ordenador, relájate y goza.

La coreografía y el color, como ocurría en el espectáculo Opera Pampa de La Rural con el folklore, la doma y el malambo, son dueños absolutos de la película (uno puede imaginar las maravillas que haría Zhang Yimou en nuestras llanuras). Aunque lo cinematográfico como tal sólo tiene relativa importancia en estos suntuosos productos audiovisuales, su cercanía al ballet y las artes marciales más estilizadas les asegura un «target» devoto. En rigor este subgénero, consagrado por «El tigre y el dragón» de Ang Lee y continuado por «Héroe», del mismo Zhang Yimou (con marcas sobre la propia producción norteamericana, como en «Matrix», film que a su vez retroalimenta a sus propios inspiradores), permitió acercar al gran público un cine oriental que le era esquivo, ya fuera por su extremada violencia o su extremado destino de festivales (o por ambos extremos a la vez).

La película se ocupa de una oscura historia de política, venganza y pasión, que compromete a una hermosa muchacha ciega (presuntamente la hija del líder depuesto), el hombre que la pretende, y el oficial del gobierno que se interpone entre ambos; pero, en realidad, nadie es quien dice ser, ni lo que aparenta. Aunque aquí nadie use máscaras, podría pensarse en ellas como el medio simbólico más empleado por sus personajes, quienes mientras van revelando su identidad o enterándose de las ajenas, bailan, elongan, se acuchillan, vuelan. El eclecticismo estético del film permite también que la música, muy elaborada, evoque por momentos algunos hits de Michel Legrand en la pantalla francesa de los 60.

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