«Terminator 3, La rebelión de las máquinas» (Terminator 3: Rise of the machines, EE.UU., habl. en inglés) Dir.: J. Mostow Int.: A. Schwarzenegger, C. Danes, N. Stahl, K. Loken, D. Andrews, E. Boen. Cuando apareció el primer «Terminator», Arnold Schwarzenegger era sólo el patovicaaustríaco protagonista de «Conan». La dirigía James Cameron, un completo desconocido. Su presupuesto no llegaba a los 7 millones de dólares («Superniña, de ese mismo año, costó 35 millones). Nadie esperaba el éxito impresionante de esa película, pero en cambio todo el mundo estuvo al tanto del estreno de «Terminator 2». Para entonces, el patovica era el astro del momento, y Cameron anunciaba los más modernos efectos generados por computadora. Más allá de las impactantes escenas de acción, lo mediocre de esta secuela es su tono light para el concepto original; era un shock ver a Terminator, la máquina de matar, transformada en el mejor amigo de los niños, mientras el director sólo se preocupaba por exhibir un catálogo completísimo de sus nuevas técnicas de «morphing» digital (el recurso high tech menos creativo y más remanido del cine de la siguiente década).
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Con las pobres posibilidades que dejaba abiertas el guión de «T2», sin Cameron, ni su ex mujer Linda Hamilton, sin nuevas técnicas de FX que exhibir, y con un Arnold Schwarzenegger menos cotizado, «T3» no parecía la mejor idea del mundo. La que quedó es la coguionista y productora del film original Gale Anne Hurd. Y en esta saga apareció el talentoso Jonathan Mos tow, un director de bajísimo perfil, pero bien recordado por quienes piensan que «U-521» es una de las mejores películas de guerra de las últimas décadas. Simultáneamente, el experto en efectos Stan Winston se propuso probar que un robot con el rostro desfigurado, caminando en un cementerio y recibiendo una lluvia de balas sin dejar de sostener un ataúd sobre su hombro, es un concepto mucho más eficaz que cualquier efecto digital. Y ésta es sólo una de las imágenes increíbles de este relato apocalíptico que se atreve a ser menos refinado -y muchísimo menos hipócrita que películas más respetables como el «Minority Report» de Spielberg, donde cualquier distopía futurista puede ser arreglada sin muchos inconvenientes al final de los 120 minutos de proyección. «Terminator» no contaba las andanzas de un robot asesino: era una historia oscura sobre un futuro horrible que estará siempre latente mientras hagamos las cosas tan mal en el presente. Mostow retomó estas ideas, y logró una película digna del primer film de Cameron. Este director surgido del cine B se aproximó a su objetivocon la humildad de un fan, limitando al máximo aquellos diálogos con teorías absurdas sobre la parábola espacio-temporal, ubicándolos además en medio de persecuciones incansables, o en decorados opresivos como la bóveda de un cementerio (por otro lado, un sitio ideal para aguardar el holocausto nuclear que debería empezar en dos horas con 52 minutos).
El mismo androide bueno de antes, ahora vistecuero negro, de un stripper gay imitador de Village People, y así de torpe y ridículo como luce, no puede dejar de aclarar que un modelo igual a él puede aparecer programado para liquidar a la familia Connor, igual que antes. La Terminatrix (otro efecto especial humano: la ex modelo Kristanna Loken, tiene nuevas habilidades, como por ejemplo saborear la sangre de sus víctimas para reconocer grupo sanguíneo y ADN).
Entendiendo que con la pesada herencia del guión de «T2» tampoco se puede hacer milagros, «T3» tiene un desenlace que la redime de sus puntos débiles (y no porque esté lleno de fe y esperanza, como el anterior, sino por todo lo contrario). Pocas veces se vio tal integración de todas las técnicas para crear imágenes espectaculares con el máximo realismo, por ejemplo componiendo imágenes digitales y mezclándolas con edificios despedazados in situ, sumando todos los recursos de efectos especiales de maquillaje y animatronics hasta culminar en una increíble escena en la que Schwarzenegger combate contra unos robocops tamaño natural, que dan miedo porque, a esta altura, ya deberían ser considerados como algo más que una simple pieza de utilería.
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