7 de agosto 2000 - 00:00

"THE ACID HOUSE"

S exo, drogas, marginalidad, violencia gratuita, gente rapada, pubs llenos de borrachos con acento escocés, bebés descuidados, banda sonora electropop. Todos estos elementos de «The Acid House» recuerdan a «Trainspotting», algo que no es casual desde el momento en el que Irvine Welsh, el mismo escritor es el responsable de describir este descenso a los infiernos británicos. Tampoco es casualidad que el marketing de la película parezca minuciosamente diseñado para captar al mismo público que aquel inesperado éxito de taquilla internacional ya recordado como un clásico de los '90. Quizá por eso, en sus peores momentos, esta comedia negra salvaje y descontrolada parece material de descarte de «Trainspoting», mientras que en sus partes más logradas logra arrancar sonrisas y pone en trance al espectador con atractivos efectos visuales que intentan emular los poco recomendables estados mentales de los personajes protagónicos.
La idea de dividir la película en tres relatos diferentes (todos adaptados por
Welsh de sus propios cuentos) no tiene mucha coherencia, pero al menos es más directa y honesta que el concepto supuestamente original pero ya muy usado de mezclar distintas historias entrecruzadas al estilo Altman. Tanto el primero como el último cuento son fantásticos, o mejor dicho desvergonzadamente delirantes, mientras que el del medio es híperrealista y no apto para paladares refinados (y no es que los otros dos lo sean, ya que en realidad los tres superan casi todo lo conocido).
El primero de los dos fantásticos cuenta lo que le pasa a un perdedor patético cuando se encuentra con Dios en un pub, el otro narra el viaje astral de un joven con una debilidad lisérgica que tiene la mala suerte de ser golpeado por un rayo justo en su clímax psicodélico. El cuento central analiza los espantosos conflictos conyugales de un joven matrimonio que no podría definirse como el mejor ejemplo de la familia tipo. El grotesco a veces satura, y la dirección y las actuaciones no siempre tienen un nivel muy profesional, pero de todos modos hay imágenes y situaciones dramáticas lo bastante intensas, originales y entretenidas (de un modo terriblemente crudo y negro) como para que el resultado pueda recomendarse a pesar de los múltiples reparos.
La música es muy buena (incluyendo a
Nick Cave, Primal Scream y los Chemical Brothers) pero no tiene la importancia que el título parece indicar, lo que seguramente decepcionará al sector del público más interesado en las frívolas raves del Primer Mundo que en las andanzas nauseabundas de unos escoceses feos, sucios y malos.
Algunas de las ominosas costumbres sexuales de esta gente seguramente escandalizarán a más de un espectador, aunque si se lo piensa bien, en un país donde cada tanto aparece el cadáver de un legislador travestido muerto por asfixia autoinfligida durante prácticas masturbatorias, no hay manera de imaginar las barbaridades que pueden llegar a cometer los miembros del proletariado.

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