26 de noviembre 2001 - 00:00
Una polémica resurrección bufa del mito de "Carmen"
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La bailaora Cristina Hoyos
El experimento consiste en una parodia de la ópera de Bizet, que reinterpreta mordazmente el libreto y la partitura originales. De hecho, Carmen sobrevive a la muerte gracias a un trasplante de corazón y termina enamorándose de la señorita Micaela en un garito sevillano de la España franquista.
Los amores homosexuales de la cigarrera desesperan a Ernest Hemingway, cuya aparición en la obra de Jérôme Savary sirve de pretexto para socavar otros símbolos de la España profunda y almodovariana. Por ejemplo, el desfile de travestones en el desenlace de la ópera, cuando Carmen reconoce sentirse un hombre porque el corazón que lleva dentro pertenecía a su verdugo frustrado: Don José.
El disparate se multiplica de tal modo que Ava Gardner contonea las caderas en el segundo acto para incitar a la cuadrilla de los toreros, especialmente los enanos, cuya excitación recuerda a un toro de Miura asediado y precipita la carcajada sin compasión del gallinero.
El hilo conductor del pastiche o de la parodia radica en el magnetismo de Cristina Hoyos, sobre todo porque la bailaora sevillana tiene la misión de representar el espíritu inmortal de Carmen, más allá de las acrobacias argumentales y de las transgresiones. Está siempre detrás (o delante) de la acción, para declamar, para bailar o para compararse con la raza genuina de un paquete de Gitanes sin filtro: auténtica, áspera, intensa, alquitraná.
Cristina Hoyos acaparó los clamores y las ovaciones de la noche, mientras que los padres del experimento, Jérôme Savary (escena) y Gérard Deguerre (música), tuvieron que resignarse a un aplauso templado de estupefacción, bastante lejos de las expectativas apocalípticas: «O me sacan en andas o me llevan a la cárcel», había declarado Jérôme Savary antes de alzarse el telón del Teatro Regio de Turín. Ni una cosa ni la otra. Entre otros motivos, porque la agilidad de las primeras escenas y el ritmo televisivo de la acción fueron, buscaron y encontraron la complicidad del público que era testigo del transcurrir del espectáculo. Incluido el proceso degenerativo del torero Escamillo, a cuyo confinamiento en la cárcel andaluza se le atribuye el asesinato de Don José que lo conduce a la adicción al chocolate y al marrón glacé.
La aproximación bufa a la obra original de Bizet implicaba un replanteamiento de las arias y de los dúos, casi siempre cambiados de lugar y casi nunca interpretados del modo en que fueron compuestos por el compositor francés. Gérard Deguerre, artífice de los arreglos, sometió la ópera a un refinado lifting de maracas, ritmos de jazz y mestizaje. Tanto, que el Bizet resurrecto de Turín compartió atril con la música de Jacques Brel, Cole Porter y Paquito el Chocolatero.




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