25 de septiembre 2001 - 00:00

Vasto recorrido por la obra de Aizemberg

La muestra de Roberto Aizenberg
La muestra de Roberto Aizenberg
El espacio, la arquitectura y la luz son tres elementos fundamentales en la imaginería de Roberto Aizenberg (1928-1995). Inicialmente, Aizenberg cultiva intensamente el dibujo. Desde el '48 hasta el '69, pintando y dibujando, intenta aprehender algo así como el tema sustancial de su obra, el elemento de encantamiento que palpitará en el resto de su producción.

En 1954 ya están presentes todos los elementos que otorgarán fuerza y definición a su obra futura. Pero es 1959 el año que marcará el jalón que inicia la depuración de su arte, inaugurando un estilo de abstracción metafísica. La muestra «El caso Roberto Aizenberg», realizada con la profesional curaduría de Marcelo Pacheco, que se presenta en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, propone un singular recorrido por la creación de Aizenberg, que incluye ciento veinte obras del período 1950-1994: pinturas, dibujos, collages, esculturas. Una selección de estudios, bocetos y dibujos preparatorios, así como varias citas del artista, completa el diseño de la muestra.

Tanto en su geometría figurativa como en sus abstracciones, Aizenberg es fiel a un precepto del surrealismo: privilegiar lo interior, lo subconsciente, lo imaginario.

Desde sus casas ardiendo hasta sus ciudades engalanadas, el hilo que anuda la totalidad de su propuesta pasa por lo humano. Pero lo humano metaforizado, conformado por el hábitat. Las vestiduras de sus personajes sugieren, además, una cierta supremacía de aquello que rodea al hombre, sobre lo que lo constituye realmente: su cuerpo.

En un juego múltiple de claroscuros, colores límpidos y taciturnos edificios iluminados por resplandores celestes, resulta inmediato el detectar la manifestación de lo imaginario surrealista de este excelente artista.

La fantasía de Aizenberg se despliega entre lo material y lo inmaterial, lo sonoro de un ruido desorbitado y lo silencioso y aparentemente frío de las estructuras de sus habitáculos vacíos. Sus sueños, trasladados a las dos dimensiones de la tela, son desencadenantes de otros sueños arquetípicos y toda su producción puede ser considerada como una sucesión serial, circunscripta en un mismo marco poéticoonírico.

Pirámides, estructuras abigarradas de torres altísimas o interminables columnas matizadas con ventanales, ilustran no a una arquitectura real sino a una arquitectura posible. Es en el campo de las posibilidades donde se despliega este juego de volúmenes y superficies, es decir en el campo de lo imaginario. Sus personajes atmosféricos o sus figuras indolentes marcan una estrecha relación entre su motor interno, su pulsión y sus efectos; porque
Aizenberg muestra su propia liberación en cada trazo, en cada pincelada.

Pero sus mundos no se limitan a las vestimentas o los edificios; sus aparatos y máquinas fantásticas también dan testimonio de este acercamiento onírico a la verdad. Su geometrismo nos acerca también a la dimensión del rigor obsesivo y del orden sin meta aparente. Un orden con designios metafísicos. Las formas se van transformando.

Esta transformación, su conversión en lo contrario, el continente por el contenido, es el elemento distintivo de la problemática de
Aizenberg, muy marcada por la pérdida de sus tres hijos y su propio exilio en los años '70. En Aizenberg poco importa que se trate de torres, edificios, vestiduras, cuerpos fragmentados o máquinas. Lo que interesa en realidad son las secuencias de formas, el metabolismo de la pintura en pos de signos precisos. Las vías formales que rigen la aparición, desde las profundidades abismales del subconsciente, de las fantasías hechas elementos visuales.

Un sinfín de transformaciones propone la producción de este maestro de las acrobacias y maniobras del estilo. Probablemente transformaciones de un todo único, complejo, indivisible. Este todo, su propio inconsciente, que se expresa en partes y por etapas.

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