20 de septiembre 2001 - 00:00

Virtuosa en piano y autodestrucción

Isabelle Hupert.
Isabelle Hupert.
«La profesora de piano» («La pianiste», Austria-Francia, 2001, habl. en francés). Dir.: M. Haneke. Guión: M. Haneke sobre novela de E. Jelinek. Int.: I. Huppert, A. Girardot, B. Magimel, A. Sigalevitch.

Este estremecedor film viene a revelarnos a dos polémicos y talentosos artistas austríacos en irrepetible comunión: el director de origen alemán Michael Haneke y la novelista y dramaturga Elfriede Jelinek, multipremiada en otros sitios, pero denostada en su país, donde ella misma prohibió la exhibición de sus obras desde que Jörg Haider llegó al poder.

En realidad, parte de la feroz filmografía de Haneke fue exhibida en el último Festival de Cine Independiente, pero ésta es la primera vez que se estrena algo suyo comercialmente. De Jelinek se sabe menos, salvo que su obra tiene muchos puntos de contacto con la de Thomas Bernhard («Almuerzo en la casa Ludwig W»), otro crítico encarnizado de la sociedad austríaca a través de piezas políticas y novelas gene-ralmente autobiográficas.

Los datos de la escritora dejan entrever también tintes biográficos en «La pianista», la novela que dio origen a esta película cuyo título local -del mismo modo que el original-no sugiere, ni por asomo, su contenido, aunque la música tiene importancia fundamental, sobre todo en la primera parte. Amén de haber sufrido «experiencias extremas» en la niñez, según ha declarado en entrevistas, Elfriede Jelinek tuvo una madre que la hubiese querido concertista y un padre que murió encerrado en un hospital psiquiátrico, como la protagonista de la novela y el film.

«La profesora de piano», justamente, es un film de experiencias extremas que se revelan pronto en la soberbia escena inicial, donde las simplemente impresionantes Isabelle Huppert y Annie Girardot muestran lo que es una relación «enfermiza» entre madre e hija. Desde ahí, queda claro que Girardot es una madre infernal-mente manipuladora; y Hup-pert ( Erika), una hija hiperneurótica que a los cuarenta y pico todavía duerme con la madre y que a la hora de rebelarse lo hace fundamentalmente contra sí misma. Y cómo.

Brillante intérprete de Schubert -por lo tanto, confesa enemiga del «sentimentalismo» de un Brahms-, Erika ha desperdiciado su talento enseñando piano en un conservatorio de Viena con métodos impiadosos, aunque, al parecer, efectivos. Pero hay algo más: tras una apariencia gélida, ella oculta hábitos voyeuristas y automutilaciones sexuales que la cámara de Haneke registra con una explicitez rara vez vista en el cine no condicionado. Es cierto que uno de esos actos remite a una famosa escena de «Gritos y susurros», de Ingmar Bergman, pero quien lo cometía (Ingrid Thulin) no iba precisamente en busca de placer.

El apasionamiento artísticoerótico con el que irrumpe en su vida un joven estudiante de música no alivia a
Erika, sino que la expone más que nunca a su imposibilidad, ya no sólo para amar, sino también para desear y llevar a cabo sus fantasías sadomasoquistas. La consecuencia nefasta de esa relación trae impresa otra opinión de la autora: si ya es mal mirado que una mujer se permita «invadir» dominios masculinos refocilándose en pornoshows, peor todavía es que quiera elegir la manera de ser victimizada.

Tomándose unas pocas licencias con respecto a la novela, el director relata la historia dejando que los largos silencios o las tomas quietas sobre la magnífica máscara de la actriz protagónica desnuden la debacle psicológica de los personajes, al mismo tiempo que sugiere -sin decirlo en absoluto-el vacío existencial y la decadencia moral de ciertas sociedades.

Su film tiene la crueldad del documental que muestra la realidad tal cual es, borra toda ilusión de «mediación», no condena ni da soluciones (a diferencia del norteamericano
«Requiem para un sueño» que se comenta en esta misma página). Por momentos, produce en el que mira la impresión de estar ante un implacable reality show desprovisto de la autocensura y el falso pudor al que la televisión ¿por ahora? nos tiene acostumbrados.

Claro que
«La profesora de piano» no tiene nada de televisivo. El de Haneke es un cine cuyo potente valor simbólico arrasa con las defensas del espectador y lo obliga a seguir reflexionando aun mucho después de dejar la sala.

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