Madrid - Es una de las primeras lecciones que ha aprendido Sofía, de dos años y medio de edad. «No puedes salir de casa sin ponerte la pulsera», le explicó mamá. La niña, encantada con el oso panda de plástico que lleva el brazalete y que le sobresale por los bordes de la muñeca derecha, obedece el mandato sin resistir. Lo que no alcanza a saber es que el animalito que tanto le gusta esconde en su panza un dispositivo que permite tenerla controlada en todo momento. No es un juguete ni mucho menos, como ella piensa. Verán, si la niña se alejara unos metros de su progenitora, un pequeño aparato que su madre siempre lleva en el bolso comenzaría a emitir sonidos de alerta advirtiendo de la separación.
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Beatriz Ruiz, la madre, vecina de Bilbao, 34 años, sintió la necesidad de tener atada en corto a su primera hija el verano pasado, cuando se le extravió. «Me llevé el susto del siglo», cuenta mientras pasea con su hija por la Gran Vía bilbaína en busca de un regalo para el cumpleaños de papá. (Sofía lleva puesta su pulsera, por supuesto). «Estaba en un centro comercial y de repente la perdí de vista, desapareció. La encontré enseguida, pero los minutos que pasé buscándola fueron angustiosos, pensé de todo...». El desagradable episodio la llevó a recorrer una tienda infantil tras otra hasta dar con el artilugio -Childguard, «protege niños», se llama- en la firma Kidyfroh.
Como Beatriz, son miles los padres españoles que controlan a sus hijos mediante un Childguard o similar. La demanda se ha multiplicado de tal modo en los últimos meses que las empresas que desarrollan productos más avanzados, aún sin comercializar, apremian a sus ingenieros para que ultimen los detalles ante el volumen de llamadas y el engorde de las listas de espera.
El punto de inflexión, el hecho que ha desatado la obsesión por controlar los pasos de los más pequeños, han sido las leyendas urbanas sobre el rapto de niños que se suceden desde que la británica de cuatro años Madeleine McCann fue secuestrada en mayo pasado en el Algarve. La más popular, de las muchas que han precipitado esta especie de psicosis colectiva acerca del robo de menores, tiene por protagonistas a un grupo de rumanos que actuarían en centros comerciales. La historia se ha extendido como la pólvora: una madre pierde a su hija en un súper y tras cerrar las puertas del centro, los de seguridad la encuentran en el baño, donde los secuestradores le han rapado la cabeza para hacerla pasar por un chico. El relato es siempre el mismo, pero hay quien asegura que ha sucedido en un pueblo sevillano, otros en El Corte Inglés en Madrid, y en el Pryca de A Coruña, y en Bilbao, y en Murcia... En Valdebernardo (Madrid), en unos días se ha visto a un hombre sospechoso haciendo fotos a menores con el móvil, han intentado raptar a una pequeña cuando compraba el pan y a otros dos niños mientras paseaban con su madre. Las Rozas, Madrid, amaneció en julio atemorizada por los carteles colocados por unos vecinos que avisaban de un intento de secuestro y pedían precaución a los padres, que eran alertados hasta por las guarderías... Aunque en todos los casos, la policía ha asegurado que desconoce los hechos y que no hay denuncias ni base para creerlos, los padres parecen hacer más caso al refranero: «Cuando el río suena, agua lleva».
«A mí me han dicho que si pierdo a mi hija, la busque en los baños, que es donde les cambian el físico», dice Beatriz, tranquila desde que su hija lleva el panda en la muñeca. Aunque el aparato permite darle a la pequeña hasta un margen de 10 metros, la madre precavida ha ajustado el mando para que suene si Sofía se aleja dos. Al que venga -está embarazada de ocho meses-piensa comprarle otra pulsera en cuanto cumpla el año. El Childguard cuesta 25 euros. «Desde que comenzamos a comercializarlo, en 2005», cuenta Mikel Garrido, consejero delegado de Agotek y padre del invento, «hemos vendido varios miles. Y últimamente hemos recibido tantas peticiones de toda España, que pensamos extender nuestra red de tiendas, ahora sólo presentes en el País Vasco». Garrido ha creado también un modelo pensado para evitar los ahogamientos en piscina que alerta en cuanto el niño se sumerge diez centímetros bajo el agua.
Más revolucionario aun es el Keruve, como han bautizado los ingenieros sevillanos Paqui García y Abilio Caetano a su criatura. Comenzaron a gestarla en 2004, cuando aún eran estudiantes de Telecomunicaciones y buscaban un sistema que permitiera localizar a los enfermos de Alzheimer despistados. Lo que concibieron fue un brazalete que sólo el cuidador puede abrir y cerrar y un monitor que, con sólo pulsar un botón, permite saber el lugar exacto, en cualquier punto de España, en el se encuentra el portador de la pulsera. Funciona con tecnología GPS y cuesta 850 euros. Tras ponerlo en el mercado hace un mes y medio, la sorpresa ha sido ver cómo decenas de padres se interesaban por el dispositivo.
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