Caracas - Es curioso, pero petrodólares y cercanía geográfica -aun con los insultos « antiimperio» de Chávez-hacen que Venezuela tenga un patrón de consumo parecido al de EE.UU. Dos datos: es el país con mayor cantidad de celulares por habitante de América latina (8 líneas cada 10 personas) y es el segundo consumidor de whisky escocés del continente, con cuatro botellas al año per cápita, incluyendo niños. Las bebidas alcohólicas fueron gravadas fuertemente en 2007.
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El deporte más popular es el béisbol. Como en EE.UU. Hoy Venezuela sigue con admiración la carrera de su compatriota Johan Santana, el lanzador zurdo que acaba de cerrar un contrato por u$s 150 millones con los Mets de Nueva York. Hasta el mismo Chávez, de joven, quiso ser jugador profesional. Dicen que era un lanzador (pitcher) bastante aceptable, pero que al fracasarle el sueño, terminó por enrolarse en el ejército. No estuvo mal la decisión: la carrera militar le permitió llegar a la Presidencia.
A favor o en contra del «imperio», los venezolanos enloquecen por los productos de marca y en esto tienen poca diferencia con sus vecinos del otro lado del Mar Caribe. Los adolescentes «matan» por todo lo que tenga el logo «Nike», las mujeres son adictas al jabón de lavar «Ace», los niños -como es de rigor-a la «Coca-Cola», y los desempleados se identifican con la lotería «Kino». Coherente la elección, sobre todo porque Venezuela es un país en el que las licencias para casinos y bingos -no importa la marca o el color-tienen pronto despacho, para alegría de todos los Cristóbal López que quieran recalar, por azar, en esas playas.
Venezuela es también famosa por sus mujeres lindas. Son varias las venezolanas con la corona de Miss Universo. La búsqueda de la belleza viene asociada al cuidado de lo estético, algo que preocupa a los dos sexos por igual: 10,5% del ingreso de los hogares se destina a la compra de productos cosméticos y de cuidado personal. Tan incorporado está lo estético a la cultura cotidiana que ya hay varios sesudos estudios sobre el «hedonismo venezolano», hoy protagonizado por los boligarcas hijos del petróleo que se multiplican geométricamente. Hijos, también, de la revolución social que se dice para pobres y alimenta -casi en exceso-a esta otra muchachada.
La sofisticación y el glamour elegante tienen en la diseñadora venezolana Carolina Herrera a su representante más famosa. Su marca viste a princesas y primeras damas y a socialites de Palm Beach, Londres, Saint Tropez o la costa sarda.
Una mirada rápida por los centros comerciales de Caracas (desde el famoso Sambil -casi una ciudad dentro de una ciudad por lo inmenso-, al más sofisticado San Ignacio) permite comprobar que se parecen muchísimo al Aventura Mall o al Bal Harbour de Miami. En los shoppings no falta ninguna griffe europea ni norteamericana, aunque estos antros del consumo vienen con un distintivo caraqueño: están atiborrados de peluquerías y salones de maquillaje. Es que a ellas les gusta andar bien «producidas». Y en lo posible, a imagen y semejanza de Jennifer López o la paisana Catherine Fulop (antichavista y ahora argentinizada). La consigna, además de estar lindas, es estar bien «ajustaditas», listas como para desembarcar en una marquesina de la calle Corrientes. Tacos altos sin talón (zapatos mules), jean a lo segunda piel y un top o remera de talle equivocado. Más chico, claro. Las venezolanas invierten mucho en estética y quieren que se note bien el saldo -escotado-de su cuenta corriente. Y, ¿qué hacen los hombres? Se lucen con ellas y adoptan una extraña mirada de posesión (hace rato que por estas latitudes argentinas se dejó de ver esa mirada... ¿será por el cupo femenino?). No las dejan solas. Las acompañan hasta dentro de los vestidores de mujeres. Claro, quieren verificar el grado de «apriete» de la prenda que están a punto de comprar.
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