En la Argentina, donde la supervivencia empresarial suele medirse en años y no en décadas, llegar a la tercera generación al frente de una empresa familiar es una excepción estadística. Según datos del Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF), apenas entre el 10% y el 15% de las empresas familiares logran atravesar ese umbral.
Cronos, la empresa argentina con 134 años de historia que supo adaptarse para sobrevivir a todas las crisis
Empezó importando relojes de control de personal en 1892. En 1940 pasó a manos de un inmigrante alemán que llegó al país escapando de la persecución nazi. Hoy es gestionada por la tercera generación familiar.
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Que hacemos con la crisis en la empresa familiar
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Una tragedia lo obligó a manejar la empresa familiar y no paró hasta convertirse en multimillonario
Detrás de la estética actual de Cronos, subyace una empresa familiar argentina fundada hace 130 años.
Mucho más raro aún es encontrar una organización con más de 130 años de historia que continúe activa la mayor parte del tiempo bajo conducción de la misma familia. Este es el caso de Cronos, una empresa especializada en soluciones de control de acceso, asistencia y seguridad que nació en 1892 y cuya historia se entrelaza con algunos de los acontecimientos más trascendentes del último siglo.
Roberto Ingham, actual presidente de la compañía y tercera generación al frente de la misma, dialogó con Ámbito para reconstruir el recorrido de una familia que llegó al país escapando del nazismo y terminó construyendo una de las empresas más longevas de la Argentina.
"Mis abuelos llegaron a la Argentina escapando de la guerra. Eran judíos alemanes. Vivieron seis años en Inglaterra antes de venir porque mi abuelo detectó muy temprano lo que estaba ocurriendo en Alemania y decidió emigrar con toda la familia", recuerda.
De Alemania a Inglaterra y luego a Buenos Aires
Su abuelo, Francisco Ingham, era director de la segunda empresa telefónica más importante de Alemania. Antes de que la persecución nazi alcanzara niveles extremos, advirtió los cambios políticos que se estaban produciendo dentro de las empresas y tomó una decisión que cambiaría para siempre el destino de la familia.
"Cuando empezó a haber segregación de judíos dentro de Alemania y el partido de Hitler comenzó a colocar gente propia en los directorios, mi abuelo entendió que venían tiempos difíciles. Dejaron la casa tal como estaba y se fueron a Inglaterra", relata Roberto.
La estadía británica tampoco resultó definitiva. Trece días antes de obtener la ciudadanía inglesa, estalló la guerra entre el Reino Unido y Alemania.
"Inglaterra le declaró la guerra a Alemania y ellos seguían siendo alemanes viviendo en Inglaterra. Entonces tuvieron que emigrar otra vez", cuenta.
La Argentina apareció como refugio gracias a la presencia de familiares instalados previamente en Buenos Aires. Apenas unos meses después de llegar, Francisco Ingham y un sobrino adquirieron una pequeña empresa llamada Cronos.
"La compra fue una forma de volver a empezar. Mi abuelo estaba buscando una actividad vinculada con aquello que conocía y encontró en Cronos algo parecido a lo que había hecho durante toda su vida", explica.
La adaptación como una constante en la historia de Cronos
La empresa ya tenía una larga trayectoria. Había sido fundada en 1892 bajo el nombre Mauthe y Compañía y se dedicaba a importar relojes de control de personal. Sin embargo, el contexto mundial obligó rápidamente a cambiar el rumbo.
Con el avance de la Segunda Guerra Mundial comenzaron los problemas de abastecimiento y las importaciones prácticamente desaparecieron.
"Ahí es donde Cronos empieza a fabricar en la Argentina. Antes eran importadores de relojes de control de personal. La guerra obligó a producir localmente", resume Roberto.
Su padre, Harry Ingham, con 94 años, es actual integrante del directorio. Se incorporó a la empresa cuando apenas tenía 13 años. Empezó repartiendo materiales en bicicleta y realizando tareas básicas dentro del taller.
"Mi padre siempre decía que nadie podía saltarse etapas. Había que conocer el negocio desde abajo", señala Roberto.
Con el paso de las décadas, Cronos expandió sus actividades hacia la telefonía. Llegó a convertirse en uno de los principales fabricantes de centrales telefónicas e intercomunicadores del país.
"Fuimos los fabricantes de los primeros intercomunicadores de la Argentina. Llegamos a tener cerca de 400 empleados", recuerda.
La compañía funcionó durante décadas desde la zona de San Martín y Reconquista, en pleno microcentro porteño, donde permanece hasta la actualidad.
Pero como ocurrió tantas veces en la historia económica argentina, los modelos de negocio exitosos terminaron enfrentándose a cambios tecnológicos que alteraron completamente las reglas de juego.
Uno de los hitos más importantes fue la introducción, durante los años sesenta, de un esquema que hoy sería considerado precursor de los modelos de suscripción tecnológica.
"Mi abuelo implementó algo que actualmente se conoce como hardware as a service. En aquella época alquilábamos sistemas telefónicos con mantenimiento incluido. El cliente no compraba el equipo, contrataba el servicio", explica Roberto.
Ese sistema permitió construir una cartera de más de 11.000 contratos activos. Sin embargo, también generó desafíos inesperados.
Durante el Rodrigazo y los períodos de alta inflación, la empresa terminó concentrándose demasiado en administrar flujos financieros y menos en desarrollar tecnología.
"El negocio empezó a funcionar casi como una financiera. Los ingresos de los abonos eran muy importantes y eso hizo que se descuidara la parte de la innovación", reconoce.
La década del 90 y la disyuntiva de seguir o cerrar
Pero el golpe más duro llegaría en los años noventa. La privatización de las telecomunicaciones, la apertura económica y el desembarco de gigantes internacionales modificaron completamente el mercado.
"Las telefónicas comenzaron a regalar equipos para captar clientes. Nosotros fabricábamos los aparatos, pero no teníamos las líneas telefónicas. Competir contra eso era imposible", explica.
La consecuencia fue devastadora. Cronos pasó de tener más de 300 empleados a apenas 17. Las sucursales cerraron una tras otra y la supervivencia de la empresa quedó seriamente comprometida.
Harry Ingham recuerda aquella etapa sin dramatismos pero con crudeza: "En toda la década del noventa fuimos una empresa en decadencia".
Sin embargo, la decisión de seguir adelante llegó cuando muchos habrían elegido cerrar. Fue también el momento en que comenzó la transición hacia la tercera generación.
Roberto no desembarcó en la empresa directamente desde la universidad. Estudió Diseño Industrial, trabajó en laboratorios, desarrolló productos en la Argentina y España y acumuló experiencia fuera del negocio familiar.
"Yo trabajé desde los 18 años en la planta de telefonía mientras estudiaba. Después seguí mi carrera fuera de Cronos y recién en 2003 asumí la conducción", cuenta.
Ese cambio generacional resultó decisivo. Mientras Harry representaba la experiencia de la era industrial, Roberto impulsó la transformación digital.
"Mi padre tuvo una enorme lucidez. Entendió que la etapa que venía requería conocimientos distintos y dio un paso al costado para evitar dobles comandos", afirma.
La apuesta se concentró en el desarrollo de software. Cronos había comenzado a trabajar en sistemas informáticos en 1994, pero desde principios de los 2000 aceleró esa estrategia.
"Nos enfocamos en software porque el hardware se transformó en un commodity. Competir contra fabricantes globales que producen millones de unidades no tenía sentido", explica.
Actualmente la empresa desarrolla plataformas de control de personal, gestión de accesos, sistemas de asistencia, control de comedores y soluciones móviles utilizadas tanto por pequeñas organizaciones como por grandes compañías y organismos públicos.
La capacidad de adaptación volvió a ponerse a prueba en 2012. En ese momento, las restricciones a las importaciones dejaron a la empresa sin posibilidad de ingresar componentes durante nueve meses.
Lejos de paralizarse, Cronos tomó una decisión que terminaría siendo clave años después.
"Nos preguntamos qué pasaría si nunca más pudiéramos importar hardware. Y la respuesta fueron los celulares. Empezamos a desarrollar software para teléfonos móviles mucho antes de que el mercado estuviera preparado", recuerda.
La pandemia terminó acelerando la adopción masiva de esas herramientas. "Durante años intentamos evangelizar sobre estos sistemas y la pandemia hizo que esa transformación ocurriera de golpe", añadió.
Hoy la empresa enfrenta un nuevo desafío tecnológico: la inteligencia artificial. Para Roberto, la situación actual guarda similitudes con otros momentos críticos de la historia familiar.
"La inteligencia artificial es probablemente el cambio más profundo que nos toca vivir en esta etapa. Ya estamos trabajando para incorporarla a nuestros productos porque aprendimos que la única manera de sobrevivir es anticiparse", señaló.
Sin embargo, sostiene que hay valores que permanecen inalterables. Cuando se le pregunta qué es lo que más orgullo le genera de Cronos después de más de 130 años de historia, no menciona productos ni balances.
"Gente que tiene más de cuarenta años trabajando en la empresa. Personas de distintas generaciones que construyeron su vida profesional acá. Lo que hace a la identidad de Cronos es la gente", concluyó Roberto Ingham.






