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Nouriel Roubini, desde la otra punta, no es optimista, pero niega semejanzas con Japón, lo cual desarticula comparaciones sin que medien milagros.
Kenneth Rogoff, ex FMI, se sitúa en un punto intermedio y señala imprevisiones administrativas injustificables. En su caso, vincula la crisis de Japón de los 90 poniendo el acento en la temprana competencia china y sus consecuencias. Con respecto a su país, encuentra en la baja de la productividad registrada desde 2003 como un fuerte elemento de perturbación. En efecto, de un promedio anual de crecimiento de 2,5%, empezó a descender a partir de 2003. En 2007 alcanzó un significativo 1,6%. Lo cual supone un singular obstáculo para el desempeño de una economía como la estadounidense.
Más allá de las interpretaciones políticas y académicas, la realidad es que el actual contexto internacional demanda serias reflexiones, estrategias y cursos de acción para evitar improvisaciones innecesarias y costosas. Aun cuando la declinación de la tasa de crecimiento mundial resulte un acontecimiento previsible y de moderada magnitud, los ajustes que sobrevendrán deberían excitar las iniciativas para administrar eficientemente la coyuntura y programar el largo plazo. Sería aconsejable deponer actitudes ingenuas como las que pregonan el desacople argentino, confundiendo solidez fiscal y cambiaria con un pasaporte para conquistar el equilibrio y el progreso perpetuo que, como sabemos, no existen.
La rápida comparación de políticas habilita una instancia de confianza para comprender un tema de alta significación estratégica y de utilidad práctica. Se acusa a Japón de haber demorado las soluciones más de la cuenta, mientras los precios de las propiedades crecían exponencialmente, inducidos por la disponibilidad de crédito para no caer en recesión. En áreas metropolitanas, los precios de los inmuebles se triplicaron entre 1986 y 1991. Después del ajuste, éstos descendieron dos tercios. En los EE.UU. los precios de los inmuebles situados también en lugares seleccionados aumentaron 82% entre 2001 y el pico de junio de 2006, según el índice Case-Shiller. Hasta ahora, el descenso varía entre 10 y a lo mejor 15%.
Es interesante recordar que la intervención gubernamental también fue y es diferente en ambos países. Japón, entonces, demoró imprudentemente la estrategia para detener la recesión y evitar la depresión que se prolongaría durante una década. Alianzas entre bancos y grandes conglomerados y equívocas políticas públicas dirigidas a evitar caídas de entidades financieras resultaron fatalmentecontraproducentes, como lo fue el inoportuno aumento del impuesto a las ventas de 3% a 5% en 1997, es decir, en plena crisis.
En cambio, en los EE.UU. las respuestas no se hacen esperar. En poco más de seis meses, la Reserva Federal redujo la tasa de referencia de 5% a 3%, con la intención de resolver problemas financieros de deudores hipotecarios, empresas, bancos y deudores personales. El rápido ajuste fiscal mediante estímulos por unos 168.000 millones de dólares en concepto de devoluciones impositivas, recortes temporarios de impuestos e incentivos a la inversión refuerza la lógica del enfoque. Por ello, en algunos círculos se supone que en unos 18 meses se habrá regularizado el sistema sin heridas graves más allá de la desaceleración en la tasa de crecimiento.
De ambas estrategias no sólo se destaca la rapidez de la Fed y de su titular Ben Bernanke, en un caso, sino también la armoniosa combinación monetaria-fiscal aprobada por excepcional mayoría en el Congreso. Si bien no se puede cantar victoria porque la situación reclama singular mesura y maestría, no lo es menos que el tiempo bien aprovechado puede convertirse en un recurso de excepcional utilidad para no malograr posibilidades.




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