26 de mayo 2025 - 11:30

El precio de romperlo todo: liderazgo de ruptura y destino político

Juan Pablo Chiesa, abogado. Especialista en trabajo y empleo. Magíster en empleo e innovación judicial. Diplomado en inteligencia artificial aplicada a la gestión analiza el actual liderazgo político y sus consecuencias.

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Pexels.

Hay liderazgos que construyen. Otros que administran. Y hay uno, el más salvaje, que irrumpe como un mazo: el liderazgo de ruptura.

Es ese que no negocia con el sistema, que no encaja, que no modera. Entra gritando a escena, con los puños en alto, prometiendo dinamitar las estructuras. Fascina, aterra, arrasa.

Pero ¿qué lo define? ¿Y qué consecuencias tiene?

Un líder de ruptura no es sólo un inconformista. Es un actor político que se asienta sobre el hartazgo, el resentimiento, y la necesidad de cambio. No modera, acelera. No dialoga, impone. No transita, arremete. Y sí: rompe todo lo que toca. Desde la política hasta el lenguaje, desde los acuerdos institucionales hasta la lógica económica.

Hoy, en la Argentina, tenemos un caso vivo.

No hace falta nombrarlo. Con sólo mencionar “dinamita”, ya sabemos de quién hablamos.

Pero este fenómeno no es exclusivo del sur del mundo. Bolsonaro en Brasil, Bukele en El Salvador, Orban en Hungría Milei en Argentina. Distintas intensidades, mismo patrón: llegaron al poder prometiendo barrer con la casta, los políticos, los jueces, los sindicalistas, los periodistas, los empresarios y hasta el sentido común.

Son productos del colapso de los consensos. Hijos de sociedades cansadas de la moderación que no resuelve, de la política que sólo administra su propio fracaso.

El líder de ruptura ofrece algo distinto: vértigo. Acción inmediata. Un enemigo claro.

La pregunta clave es: ¿hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Porque estos liderazgos no admiten equilibrio. No buscan institucionalidad, sino lealtad. No persiguen pluralismo, sino obediencia. Y tarde o temprano, cuando la economía no responde, el relato necesita un culpable. Así empieza la tentación autoritaria.

La historia lo confirma.

Lo que empieza como revolución puede terminar como dogma. Lo que nace como rebeldía se convierte en culto. Y lo que irrumpe como esperanza se torna pesadilla.

El ciudadano, agotado, muchas veces acepta el riesgo. Cambia estabilidad por promesa de orden. Intercambia democracia por una falsa eficiencia. “Prefiero un loco honesto que un corrupto funcional”, dicen. Pero se olvidan de una máxima antigua: los locos también gobiernan.

¿Puede durar un liderazgo de ruptura? Sí, si logra resultados rápidos. Pero la política no es sólo economía. También es cultura, es vínculo, es legalidad. Un país no puede vivir eternamente al borde del abismo, porque termina cayendo.

Por eso, el liderazgo de ruptura es también una prueba para la sociedad: ¿queremos cambiar de verdad o solo castigar al sistema? ¿Aceptamos todo lo que venga con tal de vengarnos de los que nos defraudaron?

Milei, como otros, no está solo. Es el emergente de una época. Pero la historia nos enseña que los líderes que rompen sin saber construir terminan dejando tierra arrasada. Y el problema no es que se vayan… sino que detrás ya no queda nada.

Conclusión: los liderazgos de ruptura no son solo una respuesta al fracaso de las élites. Son también un espejo brutal de una sociedad que a veces prefiere el fuego antes que el futuro. Pero cuidado: prender fuego todo es fácil. Gobernar las cenizas, no tanto.

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